Estados Unidos despertó con la expectativa de un regreso exitoso desde el espacio. Horas después, el país —y el mundo— quedaría marcado por una de las mayores tragedias de la exploración espacial.
A las 9:00 de la mañana (hora local), el transbordador espacial Columbia se preparaba para culminar la misión STS-107, un vuelo científico de 16 días en órbita terrestre. La nave, lanzada el 16 de enero desde el Centro Espacial Kennedy, transportaba a siete astronautas que habían desarrollado más de 80 experimentos en microgravedad.
A 65 años de su muerte, su nombre permanece ligado a la esencia misma de la física moderna y al esfuerzo permanente por comprender el universo.
Pero durante el reingreso a la atmósfera, a más de 60 kilómetros de altura y a una velocidad superior a los 20 mil kilómetros por hora, algo comenzó a salir mal.
Minutos antes del aterrizaje programado en Florida, el Columbia perdió contacto con el Centro de Control de Misión. Poco después, habitantes de Texas y Luisiana observaron cómo fragmentos incandescentes cruzaban el cielo. El transbordador se había desintegrado en pleno vuelo.
El origen de la tragedia
La investigación posterior, encabezada por la Junta de Investigación del Accidente del Columbia (CAIB), determinó que el desastre se gestó desde el momento del lanzamiento. Un fragmento de espuma aislante del tanque externo impactó el ala izquierda de la nave, dañando su sistema de protección térmica.
Durante el reingreso, el calor extremo penetró por esa fisura, debilitando la estructura interna hasta provocar la destrucción total del transbordador.
El accidente expuso fallas técnicas, pero también graves problemas de gestión y comunicación dentro de la NASA, incluyendo advertencias ignoradas y una cultura organizacional que subestimó los riesgos.
Los siete tripulantes
La tragedia cobró la vida de los siete astronautas a bordo:
- Rick D. Husband, comandante
- William C. McCool, piloto
- Michael P. Anderson
- Kalpana Chawla
- David M. Brown
- Laurel Clark
- Ilan Ramon, primer astronauta israelí
Sus nombres quedaron inscritos en la historia como símbolos del sacrificio humano en la búsqueda del conocimiento.
Un antes y un después
El accidente del Columbia provocó la suspensión del programa de transbordadores espaciales durante más de dos años y aceleró un profundo proceso de reformas en la NASA. También influyó decisivamente en la decisión de retirar definitivamente estas naves en 2011.
Más allá de los cambios técnicos, el desastre dejó una lección imborrable: la exploración espacial, por más avances que logre, sigue siendo una empresa de alto riesgo donde la complacencia puede ser tan peligrosa como una falla mecánica.
Memoria y legado
Cada 1 de febrero, la NASA y la comunidad científica recuerdan al Columbia y a su tripulación. No como un símbolo de fracaso, sino como un recordatorio de que el progreso humano siempre se construye entre la audacia y la fragilidad.
El cielo volvió a cerrarse aquel día, pero la memoria de quienes lo desafiaron sigue orbitando en la historia.
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