Pintaba sobre hojas del plátano o de cocona. No tenía la intención de dibujar, solo de hacer garabatos. Sus pinceles eran pequeños palitos que encontraba por ahí.
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Hoy pinta sobre machetes y una de sus obras, “Creación del Amazonas”, ha sido adquirida por la Colección de Arte del Banco Interamericano de Desarrollo (BID). Son diez machetes de madera capirona pintados en ambas caras. El anuncio de esta adquisición lo hizo el Capítulo Peruano del National Museum of Women in the Arts.
Graciela Arias ha expuesto en China, en el Museo de la Mujer de Washington, en Miami, en Francia, Inglaterra, Finlandia, Rusia, Argentina, Brasil, Chile. Y hoy expone en Madrid.
Responde mi llamada desde la plaza del asentamiento humano Laura Bozzo, hasta donde llegó para una cita médica. Ella vive en el asentamiento humano Nuevo Bolognesi, a siete kilómetros de la ciudad de Pucallpa. Pero nació en Ayacucho.
Si nació en Ayacucho, ¿por qué vive en Pucallpa?
Vine a los dos años porque mi familia fue desplazada por motivos del terrorismo. En ese tiempo, cuando los jovencitos cumplían 12 años, los secuestraban. Y mi hermano ya iba a cumplir esa edad. Para que no ocurra eso con él, mi papá nos trajo para la selva, haciéndonos escapar. De esa manera hemos crecido acá.
Y cuando llegaron a Pucallpa ¿fue más tranquilo?
Cuando ya tenía 12 años, en primero de secundaria, mi papá empezó a quejarse porque los vecinos —dicen— empezaron a sembrar coca; y dijo que cuando pasa eso, empieza el terrorismo, “porque con la coca anda el terrorismo, y no quiero arruinar mi vida ni la vida de mi familia”. Decidió mudarse a la ciudad, donde estuvimos más protegidos y allá termino mi secundaria. Cuando llegamos a Pucallpa vivíamos en el monte alto, con animalitos, al fondo (risas).
¿En qué momento le empieza a llamar la atención la pintura?
Lo artístico fue por terquedad mía. Cuando estaba en la primaria, un profesor nos pidió presentar como tarea una cerámica. Yo conocía una lomita de la comunidad de los lamistas y ellos tenían cerámicas. Entonces, los hijos de esa familia presentaron cerámicas bien bonitas y yo no pude hacer un moldeado con barro. Se me rajaba; al final, presenté una masa dura (risas), y toda deformada. Me causó impotencia y frustración. Entonces, me puse a moldear, lo hacía por diversión. Y en la secundaria continué con la frustración de no haberlo hecho bien. Me iba a la ladrillera, compraba ladrillos crudos para poder hacer mis esculturas. Me autorretrataba…
¿Cuál fue su primera escultura?
Una mujer parada. Como todavía no podía manejar movimiento, era una cosa recta, con sus manos a los costados y estaba parada sobre su cabello. Tuve buenas críticas. Pero se me reventaba la cabeza, los brazos. Y hasta ahora no he podido hacerlo. Incluso, me he comprado una masa de tierra preparada para hacer cerámica, la metí al fuego y volvió a reventarse (risas).
¿Y el dibujo cuándo llegó?
Estábamos haciendo una tarea en la secundaria y un profesor llamado Alberto Gil tuvo mucha paciencia para enseñarme lo que era mover la mano y la muñeca para lograr la suavidad de las nubes. Y empecé a practicar… También soñaba ser diseñadora de modas y hacía diseño de ropitas, de todo. Cuando terminé la secundaria, mi cuaderno de 200 hojas estaba lleno de dibujos; cuando acabamos la secundaria, me pidieron el cuaderno para que se hagan el diseño de su vestido de promoción, tres personas me lo pidieron. Una de mis amigas luego me contó que cuando huyó con su pareja de su casa, ella dejó el cuaderno y su mamá lo botó todo, y ahí estaba mi cuaderno (risas).
¿En qué momento usted dice: “a partir de ahora soy artista”?
Cuando estudiaba para artista profesional en la Escuela Superior de Arte Eduardo Meza Saravia, nos enseñaban todo de la academia, los estilos, pero paralelamente yo miraba la pintura de la escuela Usko Ayar de Pablo Amaringo y me gustaba porque desarrollaba bastante detalle de las hojas de los árboles.
¿En casa estuvieron de acuerdo que estudie Arte?
Fue mi papá quien me inscribió. De la nada, me dijo un día: “Mañana te presentas al examen”. Yo me quedé sorprendida. No solo aprobé el examen, quedé en segundo puesto.
¿Sus padres a qué se dedicaban?
Era albañil, se dedicaba a la construcción de casas. Y mi mamá era ama de casa, y a veces tenía su ventita de caramelos y cigarrillos en la puerta de la posta, que era cerca de la casa… Ya cuando salí de la escuela de arte, con una amiga pensamos “ahora vamos a andar por el mundo, vamos a pintar viajando, vamos a ser viajeras”. Al final, en ese tiempo ninguna viajó (risas), porque la cruda realidad nos hizo sentar en el suelo. Cuando quisimos vender nuestras obras, nadie nos quería comprar.
Pero ahora viaja por el mundo y el BID le compró una obra.
Ahora sí pue (risas). Y ahorita también estamos en la colección de Eduardo Hochschild Correa, estamos en la colección de otro banco, en el Icpna, el BID y otras instituciones que no recuerdo ahorita.
¿Cómo nació “Creación del Amazonas”?
Me imaginé un pergamino, pero hecho de machetes. En mi primera individual presenté la idea de los machetes. Nació porque tengo un terreno a dos horas de Pucallpa río arriba, y vamos de vez en cuando, es por el monte. Un día fuimos y de la nada apareció una serpiente erguida, más alta que nosotros y silbando. Nos sorprendió y me encantó su color, no había visto ese tipo de serpientes. Dábamos un paso hacia atrás y la serpiente daba un paso hacia adelante. El señor que estaba con nosotros la espantó con el machete y la serpiente se fue. El machete fue como un ángel salvador. Y en realidad tiene un rol importante en nuestra sociedad, porque el machete hace que los sueños de una familia pueden realizarse, a través del machete podemos abrir caminos, alimentarnos, defendernos. Sin machete no puedes salir siquiera al baño en el monte.
¿Por qué el arte amazónico está cautivando al mundo?
Desde mucho antes solo se había visibilizado la costa y la sierra. A pesar de tener un espacio geográfico grande, los de la selva éramos ignorados, como que no existíamos porque éramos de poca población, grande geografía y muy poco peso para tomar decisiones institucionales. Pero acaban de descubrir que es todo un mundo lleno de conocimiento, lleno de sabiduría, donde todavía las culturas están vivas, como la shipibo-conibo; y como cultura viva pueden seguir contando y hablando sobre sus orígenes. Hay mucho que contar, mucho que ver en la selva, porque donde ya has visto, puedes darle una segunda mirada y encontrar cosas nuevas. La Amazonía es un mundo que recién está siendo descubierto.
Autoficha:
-“Soy Graciela Esther Arias Salazar. Tengo 46 años. Nací en Ayacucho, en un pueblito llamado Luricocha, Huanta. Terminé el colegio y con las mismas ingresé a estudiar Arte. Terminé la carrera aunque no saqué mi título. Salí como artista plástico”.
-“Recuerdo la primera exposición que curó Christian Bendayán, fue mi primera individual. Siempre le tendré un cariño especial, porque fue la puerta que me abrió el segundo nivel, para ingresar al arte de categoría, ahí empezaron a conocerme”.
-“Debo tener más de 100 obras. Hasta el 27 de marzo participaré en una exposición en la Casa del Arte en Miraflores. Estoy preparando unos machetes porque tengo algunos pedidos. Yo vivo del arte, porque no me dedico a otra cosa”.
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