Ni hablar. Ni siquiera imaginaba que iba a ser directora. Pipo Gallo, profesor de la Universidad de Lima, me escuchaba hablar con mucha pasión del tema y un día me cuenta que estaba tratando de hacer una comedia: Dios, de Woody Allen, pero no le salía. Me propuso hacer un taller de clown a su elenco para conectar con la comedia. En ese grupo estaban Wendy Ramos y Tato Ventocilla, entre otros. Lo hice, pese a que nunca había enseñado. El elenco se apasionó tanto que le pidieron a Pipo ya no hacer Dios sino seguir experimentando con el clown. Les dije: “Okey, no me paguen, pero paguen una casa”, y alquilaron una en Barranco, que se estaba cayendo. El primer día de clases la tarea era ir a pintar la casa. Yo también pintaba. Les dije que esa casa tenía que tener un nombre, y eso les mandé de tarea. Tenía que ser una sola palabra que tenga la palabra “claun”. El único que hizo la tarea fue Tato y propuso: Patapuf y Patacláun. Yo le puse el signo de interrogación, porque en esa época me cuestionaba todo. Y así nació Patacláun, como un sentimiento de unión de chicos que teníamos ganas de encerrarnos a experimentar sobre algo que yo había aprendido.