Igidio sonreía de oreja a oreja. Y como si se tratara de un ritual, metió ambas manos al mar, las elevó al cielo y dio un sorbo. “¡Qué rico! ¡Es salada como decían!”, exclamó. Antonia, por su parte, recogía algas y cochayuyos para su cocina. Era un momento de éxtasis, de plena felicidad.