El Perú volvió a enfrentar un accidentado proceso de sucesión presidencial. Esta vez no fue un golpe de Estado lo que aceleró el cambio, sino la ineptitud, indolencia y soberbia de Dina Boluarte, cuyo mandato orilló al país a una situación de incontrolable criminalidad e inseguridad. El Congreso no fue mejor. La aprobación de leyes ‘procrimen’, faltas éticas sin sanción y bochornosos episodios como el de Lucinda Vásquez, ‘la cortaúñas’, generaron impotencia y vergüenza.