El prófugo dueño de Perú Libre, Vladimir Cerrón, dio una entrevista a RPP desde la clandestinidad en la que muy suelto de huesos pretende desligarse del nefasto dúo Castillo-Boluarte que gobernó entre 2021 y octubre de 2025. Como si no fuera su partido el que los llevó al poder.
Ambos fueron hijos políticos y cómplices de su proyecto político. Que una vez instalada en Palacio y en el hemiciclo la hueste del Lápiz (Perú Libre, Fenatep-Conare, Juntos por el Perú y satélites varios) hiciera implosión debido a sus enfrentamientos durante las repartijas del poder, no cambia demasiado las cosas.
El exgobernador de Junín asegura que durante la égida del golpista Castillo “escasamente hemos tenido tres funcionarios en el consejo de ministros”. Y que su participación en el gobierno duró solo dos meses y medio. Alega ahora, además, que nunca había “reconocido como presidenta de la república a Dina Boluarte, sino como alguien que usurpó el poder”.
Lo cierto, empero, es que en el proyectado copamiento castillista de la administración pública, los sistemas de seguridad nacional y sectores claves en el escalafón estatal –que no tardó en hacer agua, ante el destape de los negociados ilícitos que, bajo las sombras de la nocturnidad, se tejían desde la Presidencia de la República– participaron no pocos miembros de Perú Libre, sea como votos en el Congreso, como ministros, como intermediarios o como funcionarios de alto rango.
Gracias a ellos y a su discurso estatista el país estuvo a punto de desbarrancarse, gracias a ellos Petroperú es una empresa quebrada que sigue absorbiendo cientos de millones de soles al año del bolsillo de todos los peruanos. Por otro lado, su partido fue durante todo este periodo cogobernante del Congreso. Compartió mesa con el fujimorismo y sostuvo a Dina Boluarte, diga lo que diga ahora sobre formalidades políticas: las acciones y votos de su bancada han sido decisivos en un sinfín de leyes lesivas para el país, justificadas con una retórica izquierdista anquilosada y hueca.
Habría que terminar preguntándose, más bien, cómo es que, con tantas apariciones públicas en medios y redes, hasta ahora este connotado –y procesado– fugitivo continúa sin ser alcanzado por el brazo de la ley.