Aristóteles afirmó que una democracia solo podría existir en un Estado donde todos los ciudadanos se conocieran entre sí. Si fuera más grande, razonó, la gente tendría que votar por desconocidos y necesariamente el poder sería asignado a quienes no lo merecen. Ahora Racso Miró Quesada Vegas propone una innovación del sistema democrático que, gracias a la tecnología actual, permitiría a los electores retornar a la experiencia de una participación más directa y no meramente representativa. En su reciente libro Democracia neuronal, justifica esta transformación de modo convincente: a pesar de nuestro desarrollo, seguimos resignados a la elección de representantes tal como se hacía en el siglo XVIII. Este anacronismo supone consecuencias lamentables.
“Yo buscaría a monstruos especializados en gestionar salud como la estadounidense Kaiser para tercerizar toda la administración de Essalud”.
Miró Quesada juzga que el poder que entregamos en las urnas tiende a recaer en personajes no calificados, sometidos a grupos oligárquicos y con medios de prensa concentrados y que desinforman: “Todo el aparato del Estado se vuelve desproporcionadamente susceptible a la influencia de grupos de presión”. En la alternativa que diseña, grupos pequeños eligen entre sí a alguien calificado o con alguna virtud para un área específica del gobierno. Imaginemos a 128 adultos que eligen al más apto de ellos para un tema de salud pública. Este se une con otros delegados y forman un comité de 64, con un nivel superior de decisión. “Cuando se reúne un foro de 64 personas, ese cuerpo representa colectivamente la voluntad de 64 x 128 = 8,192 ciudadanos”. Si seguimos avanzando de esta forma, en un nivel de 8 delegados estos representan a 33 millones.
La tecnología actual permitiría que el poder fluya hacia arriba y retorne hacia abajo. La transparencia, la rectificación, la revocación, son prácticas naturales y necesarias en este sistema imaginado y posible. Naturalmente, una propuesta tan original despierta objeciones y preguntas, pero estas enriquecen el proyecto en vez de refutarlo. Sería una mezquindad tacharlo de utópico, pues queda clara su viabilidad y también, vistos los resultados de los sistemas vigentes, la necesidad de migrar a otro, aunque hoy nos parezca una aventura radical. Recomendar un libro por el apellido del autor es, desde luego, pueril. Pero condenarlo por el mismo motivo no es menos brutal e injusto. Ojalá Democracia neuronal reciba la atención y el debate que merece. Por lo pronto, solo se adquiere en Amazon.
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