Hombres y mujeres se han volcado a calles y plazas de Irán para protestar contra el régimen de los ayatolas, que desde hace cinco décadas mantiene al pueblo iraní bajo las leyes medievales del fanatismo chiita y su lectura fundamentalista del Corán.
La revuelta se ha extendido a casi todo el país, pese a la brutal y sangrienta respuesta del Gobierno (ya van 1,850 muertos y la cifra podría dispararse), ha sido espoleada por el colapso económico, una inflación galopante que se ha agudizado en los últimos años, sin que los clérigos detrás del gobierno civil hayan sido capaces de reconducir la economía.
Que las mujeres estén frente de esta protesta no debe extrañar a nadie, pues, desde que los ayatolas se entronizaron en el poder, han sido ellas las víctimas más notorias del fundamentalismo religioso, con imposiciones antediluvianas como la ley del hiyab (velo), códigos recalcitrantes de vestimenta y comportamiento social, castidad obligatoria y verificable, prohibiciones de trabajar en determinadas carreras y ser consideradas por la ley iraní como personas cuyo deber es someterse a los hombres, así como verse privadas casi de cualquier derecho a defenderse legalmente en casos de violación o violencia marital.
De ahí que los abusos de la policía secreta del régimen contra aquellas ciudadanas que, por ejemplo, fuesen encontradas fumando en lugares públicos o desprovistas del hiyab hayan escalado meteóricamente. Los feminicidios, por ejemplo, se han multiplicado hasta un 60% en los últimos meses.
Un reciente documento de la ONU, que constató la violación sistemática de derechos humanos en ese país por parte de sus autoridades, ha calificado como “apartheid de género” lo que ocurre en Irán con las mujeres.
Como toda autocracia, la única respuesta a la indignación de los iraníes ha sido la represión y el apagón informativo, intentando esconder una realidad que ya les ha estallado en la cara. Pero todo indica que cortar la conectividad a Internet no les va a servir de mucho esta vez.
Las llamas de la libertad se han encendido y la oscuridad cederá tarde o temprano.