La relectura es, tal vez, nuestra primera aproximación real a una obra literaria. Releer la novela de Umberto Eco nos permite comprenderla mejor y disfrutarla de distintas maneras, pero también juzgarla con más serenidad. Cuando apareció fue elevada a las cimas del arte por una crítica apresurada; hoy corre el riesgo de ser ignorada por lectores acostumbrados a narraciones planas, de mediana extensión y con un “mensaje” moralista fácil de identificar. Las seiscientas páginas de la aventura de Guillermo de Baskerville y el joven Adso (Watson) proponen un juego que no solo es complejo, sino que además es múltiple. Como Joyce, Eco quiere erigir un laberinto de varias significaciones simultáneas. Lo logra, pero no siempre con un buen resultado: a veces el relato es menos una obra de arte que un juego más o menos mecánico, como un crucigrama.
"Lo grave de estos presidentes electos, como el caso de Kast, es el negacionismo de la realidad vivida, y en Chile eso significó miles de víctimas civiles asesinadas vilmente por el régimen pinochetista..."
De Juventud, de Joseph Conrad, Eco toma la técnica de narrar la vivencia de un joven en la voz del adulto que recuerda muchos años después, con el efecto dramático de la experiencia vívida y las diferentes maneras de entenderla. Buena parte del contexto político de 1327 le resulta a Adso tan desconocido como al lector actual y el narrador, ya anciano, lo aclara, a veces con diálogos inverosímiles entre personajes que deberían estar bien enterados de esos graves acontecimientos. Eco postula que el mundo moderno nació en el siglo XIV, y se divierte con sus monjes que defienden ideas de Heidegger, Barthes, Bajtín, Freud, Peirce, Wittgenstein… Y entabla un diálogo intertextual con “La muerte y la brújula”, de Borges. En este jardín caótico reconocemos a un intelectual italiano de los años 70 que responde a la política de entonces, con la refutación del maoísmo y del fascismo.
Como se ve, El nombre de la rosa es infinitamente más rica (y divertida) que el filme de Jean-Jacques Annaud, aunque nos cueste imaginar a Guillermo de Baskerville con un rostro distinto del de Sean Connery. Es difícil que un lector reconozca todos los sentidos del relato, empezando por el título, que se refiere a la filosofía nominalista de Guillermo de Occam. Pero incluso al lector menos informado puede fascinarlo la biblioteca, que es un laberinto custodiado por un ciego, así como la trama detectivesca, pues, afirma Eco: “En el fondo, la pregunta fundamental de la filosofía (igual que la del psicoanálisis) coincide con la de la novela policíaca: ¿quién es el culpable?”.
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