Hace unos días el Gobierno americano emitió una orden ejecutiva donde excluyó varios productos agrícolas de los llamados “aranceles recíprocos” que se habían impuesto hace unos meses para “igualar” las condiciones comerciales con otros países. Este cambio nos resalta los problemas del proteccionismo. Los productos liberados están vinculados a alimentos: café y té; frutas tropicales y jugos; cacao y especias; bananas, naranjas y tomates; carne de vacuno; y a algunos fertilizantes adicionales.
¿Qué hay detrás? Los aranceles estaban encareciendo los alimentos en EE.UU. lo que generaba una situación compleja políticamente en un contexto de creciente insatisfacción con la política económica del gobierno. Generaban una inflación alimentaria que golpeaba a los consumidores sin ofrecer ninguna protección real a los productores domésticos. La modificación se “vendió” indicando la conveniencia del ajuste dado el avance de las negociaciones comerciales y la estructura de oferta estadounidense.
Se trata de una corrección política antes que técnica, siendo un reconocimiento práctico de que el proteccionismo no funciona cuando choca contra la realidad de las cadenas de suministro. Era muy costoso para el Gobierno el no hacer nada para tratar de revertir la inflación alimenticia, cuando era evidente que los aranceles no iban a aumentar la oferta de productos locales. El Gobierno decidió mantener su narrativa de “reciprocidad”, pero recortando los excesos más costosos políticamente.
¿Y qué significa esto para el Perú? Para nosotros esta rectificación es una noticia favorable. No es un cambio dramático, pero sí un alivio para exportadores que vieron mayor incertidumbre durante la escalada arancelaria americana. Muchos de los rubros liberados —café, cacao, ciertas frutas tropicales y algunas especias— forman parte del portafolio agroexportador peruano hacia Estados Unidos. Solo el café mueve cientos de millones de dólares al año en ese mercado; el cacao y las frutas han ganado espacio de manera consistente en la última década.
La exención, entonces, mejora las condiciones de acceso y reduce el costo de entrada para estos bienes. Abre la posibilidad de una demanda algo mayor o, al menos, de mantener competitividad frente a otros proveedores que también se benefician. Pero conviene ser prudentes: a falta de información detallada sobre los montos de nuestras distintas exportaciones, sobre sus cambios arancelarios, y la estructura de la demanda, no es posible cuantificar con precisión el impacto. Es una medida positiva, sí, pero su beneficio dependerá de la respuesta del mercado estadounidense y de la capacidad de los exportadores peruanos para aprovecharlo.
Esto nos demuestra que incluso en un entorno más proteccionista, hay espacios para mejorar el acceso de nuestros productos, especialmente cuando se trata de bienes donde Estados Unidos depende estructuralmente de importaciones. Falta ver si este ajuste será parte de un rediseño más amplio de la política comercial estadounidense o solo un intento de corto plazo para contener la escalada de precios de la canasta de alimentos.