Umberto Eco pudo decir, con justicia, que Pratt fue el primer narrador que elevó el cómic al nivel de la literatura. Para no incurrir en injusticias (Pratt reconoció que aprendió a crear argumentos de Oesterheld), Eco admitió varios antecedentes (como las tiras de Peanuts). Mas, en lo esencial, el juicio no es sino la constatación de un hecho: Corto Maltés, el marino políglota e irónico, no es un personaje menos complejo y fascinante que los de Melville, Kipling, Stevenson o Conrad, indiscutibles modelos de Pratt. Veneciano, sobreviviente del fascismo en África, dibujante en Argentina por varios años, Pratt unió a su inmensa experiencia vital una cultura literaria del más alto nivel. En la infancia, lo marcó el descubrimiento de la Odisea. “Todos los que escribimos, dibujamos o filmamos historias somos hijos de Homero”, declaró.
" Este cuestionado personaje presidirá, paralelamente, otra comisión parlamentaria: nada menos que la de Fiscalización. Algo nunca visto en la historia de este Poder del Estado".
La balada del Mar Salado (1967) presenta a Corto como personaje secundario. La publicación por entregas duró un año, y el autor tuvo tiempo de ver crecer a su creatura. Cuando lo invitaron a París y le pidieron una serie, imaginó las posibilidades de este antihéroe que quiere ocultar su temperamento romántico y generoso con su ironía y una aparente codicia. Los episodios iniciales transcurren en América Latina (uno en la selva peruana) y más adelante en diversos rincones del planeta durante los años de la Primera Guerra Mundial. Asistimos así a un tenso diálogo intercultural, a veces dramático, siempre respetuoso. Si Joseph Conrad es insensible a la riqueza del Otro —salvo en El corazón de las tinieblas—, Pratt será un Conrad que cruza la frontera.
Polifónicas, las aventuras del marinero de Malta registran otras voces, como Cush, un orgulloso guerrillero musulmán, o el teniente alemán Slütter, o una serie de mujeres inolvidables: la bruja brasileña Boca Dorada; la duquesa Marina Seminova, que combate a los bolcheviques; o la revolucionaria irlandesa Banshee. Uno de los referentes reiterados es Borges: Pratt adapta tres relatos suyos y, a su manera, los complejiza aún más. Junto con estas joyas, produjo otras: ya Piccolo chalet o la Trilogía de las religiones lo habrían inmortalizado. Hace 30 años, un 20 de agosto, regresé de un viaje a Chile y pude ver, por fin, mi colección completa. Traía conmigo la dirección postal de Pratt, para escribirle. Al día siguiente llamé por teléfono a un amigo y este me dio la noticia y el pésame.
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