En un conmovedor pasaje de esa epopeya sentimental que es Los miserables, Víctor Hugo describe la situación del joven Mario con una sentencia rotunda: “Los pobres no tienen juventud”. Unos veinte años más tarde, Antón Chéjov dice lo mismo en una carta a su hermano, tal vez evocando su lectura de Hugo. Ambos, el anciano francés y el joven ruso, coinciden en que la miseria tiene el poder de destruir el florecimiento natural de un hombre. Pasan las décadas y las literaturas y las guerras sobre Europa, y Vallejo escribe: “Váca mi estómago, váca mi yeyuno / la miseria me saca por entre mis propios dientes / cogido con un palito por el puño de la camisa” (“La rueda del hambriento”).
“(La serie) 'Ángela' pone el acento en las dinámicas psicológicas que subyacen a la violencia de género y en su evolución”.
Un estudiante reprobó una vez que la literatura se ocupara de temas tan desagradables como la pobreza, y me preguntó por qué era este un motivo tan frecuente. Cabe responder que los hombres siempre han escrito sobre los goces y tormentos que los afectaban, y la miseria es uno de los más universales. Es natural que Hugo y Chéjov, de juventudes envilecidas por la pobreza, eleven la voz sobre una pesadilla que los obsesionaba. Y son atrozmente sinceros los versos de Vallejo. La pobreza no solo permite catástrofes, como la muerte de más de 220,000 peruanos durante la epidemia de la COVID-19. Además, erosiona y deforma a las personas, con insidia; rompe cotidianamente existencias que nunca llegan a ser lo que debían ser. Como dice Saint-Exupéry, en cada niño desnutrido vemos a un “Mozart asesinado”.
La Ilíada es el primer poema de la tradición occidental. Dos mil novecientos años nos separan de ella y, sin embargo, nos suena muy cercano Aquileo cuando le dice a Príamo, quien suplica por el cadáver de su hijo: “En los umbrales del palacio de Zeus hay dos toneles de dones que el dios reparte: en el uno están los males y en el otro los bienes. (…) Pero el hombre que tan solo recibe penas vive con afrenta, una gran hambre lo persigue sobre la divina tierra, y va de un lado para otro sin ser honrado ni por los dioses ni por los hombres” (canto XXIV). Así en la traducción de don Luis Segalá y Estalella. Mario, en su fría buhardilla en París, cocina un pedazo de vaca; el primer día come la carne; el segundo, bebe el caldo; el tercero, roe el hueso. Y ese joven es Hugo y Chéjov y Vallejo, y es también ese poeta griego que cantó la gloria de los dioses y los héroes, y no se resignó a dejar de mencionar el hambre.
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