Los postes de la primera cuadra de Carabaya acaban de encenderse, pero el destello que arrojan es pálido, triste, como si les faltara fuerza. Envuelta en esa grisura, una camioneta se detiene frente a la puerta de Desamparados de Palacio de Gobierno. Con rostro desencajado, un hombre baja de ella y se identifica con los hombres de seguridad. Luego, ingresa a la Casa de Pizarro y, con pasos ansiosos, llega hasta la zona de la residencia. Cierra el puño y golpea una de las puertas, con fuerza.
—Dina, soy yo. Nicanor.
Un sonido de metal se escucha tras la puerta, un instante antes de que se abra. Nicanor Boluarte ingresa y la cierra tras de sí. Dina Boluarte acaba de sentarse en el borde de la cama. Tiene la cabeza agachada y sus codos sobre sus piernas. Con las manos juntas, parece que va a empezar un rezo. De pronto, levanta la cabeza.
—Hermano, gracias por venir.
—Imagínate. No tienes que agradecerme. Vine en cuanto pude.
—Tú sabes que hemos tenido nuestras discusiones, pero en momentos así, necesito el apoyo de alguien cercano. Y como Santiváñez está ocupado, te llame a ti.
—Este… gracias.
Nicanor se acerca y se sienta en la cama, al lado de su hermana. Le apena verla devastada. Recuerda entonces cuando, siendo niños, murió la mascota de la familia y su hermana se entristeció tanto que pensaban que alguien le había hecho “mal de ojo”.
—Dina, ¿sabes a qué me hace acordar verte así?
—Sí, lo sé. La vez que me obligaron a devolver mi Rolex. Esos miserables…
—En realidad yo me refería a otra cosa, pero bueno, no importa. Mejor dime qué es lo que pasa. Desde que me enteré de que Keiko te había bajado el dedo, te llamé varias veces y no me contestabas.
—Perdona, Nicanor. Es que no estoy contestando ninguna llamada.
—¿Lo haces para evitar las extorsiones?
—Lo hago para evitar la vacancia.
—Ya, entiendo. Pero mira, mis fuentes del Congreso me dicen que la situación está bien complicada. Me dicen que están decididos a vacarte. Que lo máximo que pueden hacer es darte un tiempo para que renuncies.
—¿Renunciar? ¿Yo?
—Claro, tú. Ni modo que estén hablando de mí.
—Eso nunca.
—¿Y tú qué información tienes? ¿Qué te han dicho tus fuentes?
—Nada. Mis fuentes ya renunciaron.
—¿Cómo que renunciaron?
—Ya renunciaron a darme información. Ya ni me contestan el teléfono. Y no creo que sea por miedo a que las extorsionen.
Nicanor se pone de pie. Camina hasta la puerta, gira sobre su propio eje y se acerca hasta quedar frente a Dina.
—¿Y qué dice tu abogado?
—¿Mi abogado? Nada bueno. Primero me explicó que lo que estaba haciendo el Congreso era anticonstitucional. Que todo esto era un atropello a la democracia y no sé qué tontería y media. Hasta que me cansé de escucharlo. Porque para decir estupideces mejor las digo yo.
—-Pues, claro. Tú eres experta.
—Exacto. Entonces le puse el pare y le pregunté directamente. ¿Doctor, cuáles son mis posibilidades de salir de esta situación? Y el muy sinvergüenza me dijo: De salir, usted va a salir de todas maneras.
—Vaya, al menos fue sincero.
—¿Cómo? ¿Tú también?
—Ya lo dice el dicho, Dina. No hay peor ciego…
—¿Que el que no tiene bastón?
Un par de golpes en la puerta sacan a ambos hermanos de su conversación. En seguida, Nicanor mira a Dina y la ve palidecer.
—¿Ya vendrán por mí?
—¿De qué estás hablando, Dina? Tú todavía eres la presidenta y mientras lo seas, nadie te puede tocar un pelo. Claro que en cualquier momento la cosa puede cambiar.
Otra vez, alguien insiste en tocar. Nicanor alza la mano y le pide a su hermana que no se mueva, que él se va a encargar. Cuando llega a la puerta, endereza el cuerpo y pregunta quién es. Una voz aflautada le responde.
—Señor Boluarte, soy la secretaria de la presidenta. Necesito hablar con ella.
Dina mira a Nicanor y mueve la cabeza a los lados.
—Perdone, señorita, pero mi hermana se encuentra indispuesta en este momento.
—Por favor, dígale que tengo información del Congreso.
Nicanor voltea a ver a su hermana y esta le vuelve a negar con la cabeza.
—-Como le digo ella no la puede atender ahorita, pero dígame lo que iba a decirle y yo se lo digo.
—No sé si deba…
—Vamos, yo soy su hermano.
—Está bien. Dígale que me acaban de confirmar que la votación será en unos minutos y que tienen los votos necesarios para vacarla.
—¿Eso es todo?
—No, después seguro que la Fiscalía pide impedimento de salida del país, después prisión preventiva y va a terminar junto con Pedro Castillo, y luego…
—Señorita, le estoy preguntando si eso es toda la información que tiene del Congreso. ¿O tiene algo más que decirle a la presidenta?
—¿A cuál presidenta?
—A mi hermana pues. Le recuerdo que todavía es la presidenta.
—Ah, sí, sí, claro. Lo sé.
—¿Entonces es todo?
—Sí, todo.
Nicanor se acerca a Dina. Ella tiene la mirada perdida, derrotada, como si acabara de perder un ser querido.
—Dina, si vas a renunciar ahora es el momento.
—Pero no entiendo qué pasó. Si todo iba tan bien.
—Yo te dije que estos del Congreso te iban a dar la espalda.
—Pero todavía debe haber algo que pueda hacer.
—Sí, renunciar.
—No, ya te he dicho que no pienso renunciar. Odio renunciar. Es algo que nunca voy a hacer.
—Pero ellos no van a retroceder. Ahora solo les importa alejarse de ti todo lo que puedan. No quieren contagiarse de tu desaprobación.
—La gente tiene una imagen de mí que no es la verdadera. ¿Y sabes de quién es la culpa?
—Del doctor Cabani.
—No, Nicanor. La culpa la tiene la prensa.
—Claro, la prensa. Quién le manda a informar.
—Exacto.
Luego, Dina y su hermano guardan silencio. Cada quien por su lado parece hundirse en profundas reflexiones. Los golpes urgentes a la puerta los hacen reaccionar. Nicanor se acerca y, antes de preguntar quién es, la voz de la secretaria atraviesa la madera fuerte y claro.
—Señora presidenta, acaba de terminar la votación.
Dina se levanta. Murmura algo y se va directo a encerrarse en el baño. Abre el agua del lavatorio y la deja correr. Se sienta sobre la tapa del inodoro y se cubre los oídos con ambas manos. Aun así, llega a oír a lo lejos algunas palabras sueltas, pero no quiere siquiera intentar armar las frases. Momentos después, luego de comprobar que el silencio se ha instalado, Dina vuelve y encuentra a su hermano de pie, mirándola a los ojos.
—¿Qué pasó, Nicanor?
—Tengo una noticia buena y otra mala.
—¿Cuál es la mala?
—Te vacaron. Ha sido la votación por vacancia más grande de la historia. Hasta ha habido más votos que congresistas.
—¿En serio? ¿Pero eso no es irregular?
—No, a lo mucho es un exceso de democracia.
Dina empieza a bajar la cabeza, pero entonces se repone.
—Espera, pero me dijiste que había una buena noticia.
—Sí.
—¿Cuál es?
—Ya no tienes que renunciar.
El texto es ficticio; por tanto, nada corresponde a la realidad: ni los personajes, ni las situaciones, ni los diálogos, ni quizá el autor. Sin embargo, si usted encuentra en él algún parecido con hechos reales, ¡qué le vamos a hacer!