Durante años hemos sido educados en una ficción cómoda: el cambio depende, sobre todo, de la fuerza interior. Si fracasamos, es porque “no tuvimos suficiente voluntad”. Si recaemos, porque “nos faltó carácter”. Es una concepción simple, tranquilizadora: todo ocurre —o no— dentro de nosotros.
El problema es que esa idea no parece respaldada por los hechos. Pero culpabiliza a la mayoría y conviene a algunos.
La psicología contemporánea viene insistiendo en algo disonante con el relato heroico del yo autónomo: la mayor parte de nuestras decisiones no se toman en el vacío, sino en situaciones concretas. Comemos, gritamos, postergamos, cuidamos o abandonamos no solo porque “somos así”, sino porque estamos ahí. Las circunstancias importan más de lo que nos gusta admitir.
Existe una noción interesante, poderosa: agencia situacional. No se trata de negar la agencia personal, sino de ponerla en su lugar. Ya no reside exclusivamente en la lucha interna, sino en la capacidad de diseñar las situaciones en las que luego actuaremos.
Dicho sin adornos: no somos tan libres en el momento de decidir como creemos. Somos más libres cuando antes, armamos —o encontramos armado— de manera inteligente el escenario.
La fuerza de voluntad es frágil, intermitente y muy sensible al cansancio, al estrés y a la tentación. En cambio, una situación bien estructurada es terca. Empuja, no impone, una dirección. No apela a la épica; define defaults.
Quien quiere leer más y deja el libro en la mesa de noche, pero el teléfono en el bolsillo, está confiando en la voluntad. Quien deja el teléfono fuera del dormitorio está ejerciendo agencia situacional. No es más virtuoso; es más astuto.
Hasta aquí, la discusión parece solo psicológica. Lo es, pero no solamente.
Porque cuando una cultura —o una organización, o un Estado— insiste obsesivamente en la voluntad individual, suele hacerlo para no hablar del diseño de las condiciones. Si alguien abandona, le faltó disciplina. Si no ahorra, es irresponsable. Si se agota, no supo manejar el estrés. El contexto queda fuera del encuadre.
Hablar de agencia situacional obliga a mover la pregunta: ¿qué condiciones hacen razonable tal conducta?, ¿qué empuja, qué tienta, qué agota?, ¿quién se beneficia cuando el fracaso se interpreta como defecto personal?
No es casual que tantas políticas públicas y prácticas institucionales exijan resiliencia sin tocar estructuras. Se pide autocontrol donde hay precariedad. Se moraliza lo que en realidad es arquitectónico. Apelar a voluntades resulta siempre más barato que hacerse cargo del entorno.
La paradoja es conocida: diseñar buenas situaciones funciona mejor que exhortar a las personas. Ciudades caminables producen ciudadanos que caminan. Sistemas simples generan cumplimiento. Instituciones previsibles reducen ansiedad. Nada de esto requiere discursos motivacionales; requiere responsabilidad en el diseño.
Tal vez el verdadero acto de agencia no sea “querer más”, sino organizar mejor el mundo pequeño —y no tan pequeño— en el que nos movemos. Elegir qué facilitamos, qué obstaculizamos, qué dejamos librado a la necesaria cuota de heroísmo individual.
Y acaso ahí esté lo más incómodo: no somos tan fuertes como nos dijeron, pero tampoco tan impotentes. Actuamos mejor cuando dejamos de exigirle heroicidad al yo y empezamos a tomar en serio las situaciones. Porque pedir voluntad en contextos mal diseñados no es solo ingenuo: es éticamente cuestionable. Convierte problemas de arquitectura social en fallas morales individuales. La agencia situacional no niega la libertad ni la responsabilidad personal; desplaza la pregunta hacia quienes diseñan, sostienen o se benefician de los entornos en los que pasamos nuestras vidas.