Este fin de semana se cumplió un hito del calendario electoral: la realización de las elecciones internas para definir a los candidatos que competirán en las presidenciales y congresales de 2026. En teoría, debería tratarse de una verdadera fiesta democrática, un “calienta motores” para unas elecciones que prometen ser más intensas que el verano que se aproxima, dada la incertidumbre que atraviesa el país ante el vacío de liderazgos y la falta de consolidación de las candidaturas.
El problema es que se desvirtuó el espíritu de las elecciones internas previstas por ley, cuando este Congreso de impresentables derogó la modalidad de las PASO argentinas, que tanto costó aprobar durante la reforma política en mi periodo como congresista. Las PASO —primarias abiertas, simultáneas y obligatorias— permitían que la ciudadanía eligiera directamente las listas congresales y, sobre todo, definiera el orden de prelación de las candidaturas en función del voto popular.
Evidentemente, este mecanismo no convenía a las mafias políticas. Los partidos han convertido las candidaturas en mercancía, traficando con los puestos estratégicos en las listas del voto preferencial. Los dueños de partido ven en cada proceso electoral una oportunidad de lucro, vendiendo posiciones al mejor postor. Por eso hoy tenemos congresistas que no le deben nada a la militancia ni al partido, porque simplemente compraron su curul. Es un despropósito y un fraude político que justifica nuestra oposición a estas contrarreformas impulsadas por un Parlamento de impresentables, y reafirma la necesidad de contar con verdaderas elecciones internas abiertas a toda la ciudadanía.
Además, la modalidad derogada imponía a los partidos una valla electoral como requisito para participar en las elecciones del próximo 12 de abril. Esto habría reducido la exorbitante cifra de 39 partidos postulando, evitando la distorsión y atomización del voto. Si no hubieran manoseado las PASO, tendríamos máximo una decena de partidos postulando a las próximas elecciones.
En cambio, lo que vemos ahora son elecciones internas convertidas en una mera formalidad. En partidos autoritarios, incluso, se presenta un único candidato, como ocurrió con López Aliaga, que participó en unas primarias sin competencia real. Todo reducido a un simple trámite..
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