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La ciudad que se atreve

“Al final, una ciudad no se mide por sus rascacielos o sus pistas elevadas, sino por la dignidad con la que viven y se mueven sus habitantes”.

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Mandami
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Mientras en Nueva York celebran la victoria de su nuevo alcalde, en Lima seguimos discutiendo si vale la pena tener espacios públicos. Allá, proponen transporte público de buses gratuito y rápido, cuidado infantil universal y más espacios públicos.

Acá, seguimos lidiando con trenes chatarras abandonados y empolvados que nunca se pondrán en funcionamiento y con una Plaza de Armas que van a renovar, pero para volverla seca, quitándole el poco verde que aún existe en el Centro Histórico.

La propuesta de Mamdani es simple: la ciudad debe servir a quienes la habitan, no a quienes la compran. En su plan, los buses serán gratuitos y más frecuentes, las familias tendrán acceso a guarderías, y los parques dejarán de ser lujo. Lo urbano vuelve a ser político, pero también profundamente humano.

La propuesta de los buses es particularmente interesante. Primero, debemos entender que los buses atienden principalmente a la población con menores recursos y/o que se encuentran ubicados lejos de un punto de acceso al sistema de trenes o metros; sin embargo, estos se mueven con mucha lentitud.

Por ello, los viajes tardan mucho y le roban tiempo a los ciudadanos. Su propuesta implica crear carriles segregados para que los buses no deban enfrentarse al tráfico de las pistas.

A su vez, propone dejar de cobrar los pasajes para disminuir la presión económica en estas personas y, a su vez, para evitar perder el tiempo en el embarque. Por supuesto, esta propuesta implica conseguir financiamiento adicional para sostener la operación.

Mientras tanto, Lima parece empeñada en hacer lo contrario. Lo que en Nueva York es apuesta por el cuidado, en Lima sigue siendo abandono. La movilidad es un castigo, no un derecho.

Los buses no solo son lentos y se atoran en el tráfico, sino que, además, son el blanco de la extorsión. La gente se mueve con miedo y desconfianza, y no parece haber intención de reconstruirla. A nivel metropolitano y local, casi no hay autoridades que se tomen en serio la necesidad de generar oportunidades económicas. 

Quizá lo que necesitamos no son más megaproyectos, sino una dosis de valentía colectiva. Atrevernos a cuidarnos para poder conectarnos; solo así podríamos redefinir cómo vivimos juntos. Porque, al final, una ciudad no se mide por sus rascacielos o sus pistas elevadas, sino por la dignidad con la que viven y se mueven sus habitantes.

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