Hace poco vi una obra de teatro llamada La herencia, de Gianfranco Mejía. La idea central era sencilla: un padre que está a punto de fallecer quiere reunir a sus hijos para explicarles lo que ha pensado respecto de la sucesión de sus bienes. Como suele suceder, desde un inicio en la trama lo material pasó a segundo plano y dio lugar a una serie de conflictos y heridas subyacentes al dinero y a la repartición de los bienes, lo cual me hizo pensar en varios aspectos importantes del tema.
"El nazismo, fascismo y comunismo se yerguen sobre las mismas estructuras".
La muerte es un tema tabú. El dinero es un tema tabú. Sumamos ambas cosas y tenemos como resultado que las herencias son un tema poco conversado dentro de las familias, con muchos fantasmas alrededor, miedos, angustias y silencios que generan indigestiones emocionales. Lo cierto es que las herencias tienen una gran carga afectiva: nunca se trata solo de dinero. Aquello que un padre o una madre “deja” a sus hijos —sean activos o pasivos— puede tener un enorme significado psicológico para ellos. Es un legado que, aunque material, repercute profundamente en el psiquismo de las personas.
Algo que me quedó resonando después de ver la obra es cómo los hijos de los mismos padres no tienen nunca, realmente, los mismos padres. Cada quien recibe una versión distinta de ellos: los encuentra en edades diferentes, en momentos únicos de sus vidas y tiene vínculos que son moldeados por su subjetividad particular. En La herencia, la hija tenía una relación íntima y amorosa con su padre, mientras que el hijo, en cambio, cargaba con un vínculo lleno de conflictos y silencios. No es que uno “tuviera razón” y el otro no, sino que cada uno tenía a una versión particular, verdadera e íntima del mismo padre.
También pensé en cómo, cuando perdemos a alguien querido, salen a la luz asuntos no resueltos con esa persona: heridas antiguas, conflictos no elaborados, duelos pendientes que se suman al duelo actual. Otras veces, por el contrario, idealizamos a quien se ha ido, negamos sus defectos o los reprimimos, lo que muchas veces dificulta el proceso de elaboración del duelo. Es un tema difícil; nada más escribir al respecto me es removedor, pero creo que es importante abrirlo a la reflexión. Ordenemos la casa en vida, revisemos nuestros vínculos, hagamos el trabajo de reconciliación y reparación, no esperemos la ausencia para poner las cosas en su lugar.
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