Una forma singular de desamparo es encontrar un libro excepcional, valiosísimo, secreto, y no tener a quien obsequiárselo. Este tipo de orfandad merecería tener un nombre para designarla. El término ‘anacoluto’ (bastante feo, es cierto) proviene del griego y su origen es “sin compañero de ruta”; significa el error gramatical en el que una parte de la oración es incoherente con la que la antecede. Pero también podría considerarse que una persona carece de “compañero de viaje” si no tiene con quien compartir un tesoro íntimo.
"El actual presidente, José Jerí, su gabinete y la PNP anunciaron como máxima prioridad el diseño de una nueva estrategia para contener esa fuerza destructiva".
Cuando uno tiene la fortuna de contar con alguien a quien regalarle un libro querido, surge un problema: la dedicatoria. Esta debe cumplir con algunos requisitos imperiosos: ser breve e inolvidable. Hay una tercera condición: también debe alejarse del sentimentalismo, sin por eso dejar de comunicar un sentimiento; pero esto suele ser tarea demasiado exigente, así que la mayoría opta por obviarla. Por otro lado, quien escribe un libro y lo ofrenda a alguien transforma la intimidad del libro regalado en una declaración pública, y entonces tiene el deber de imaginar una línea perfecta. En esa búsqueda de la dedicatoria ideal hay quienes han alcanzado cumbres de huachafería. Recuerdo (aunque trato de olvidarla) una dedicatoria de Jürgen Habermas, filósofo menor: “Para Rebeca, porque me acercó al neoestructuralismo”. Recuerdo a un erudito profesor de Filosofía profiriendo obscenidades cuando leyó esa catástrofe de la inteligencia alemana.
También es posible que el tiempo borre la felicidad declarada. En 1985, en El amor en los tiempos del cólera, García Márquez estampó con orgullo: “Para Mercedes, por supuesto”, en referencia a su esposa. Cinco años después nació Indira Cato, hija de un adulterio del nobel, y hoy una sombra de cinismo parece oscurecer retroactivamente su publicitada devoción. Desde luego, también existen las dedicatorias memorables, verbigracia la que George Steiner consignó en Presencias reales: “A Jacqueline Werly, fuente de música”. Alguien me contó que ambos, Steiner y Werly, formaban una pareja grotesca; prefiero no saberlo, pues me basta la delicada intensidad de esas pocas palabras. Acaso la dedicatoria más enigmática es la que aparece en la primera edición (tal vez pirata) de los Sonetos de Shakespeare, poemas eróticos dirigidos a un joven: “Mr. W. H.”, hasta hoy incógnito. Esas iniciales han sido las más investigadas de la historia.
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