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Pequeñas f(r)icciones: Perdidos en Nueva York

"Todo empezó con una llamada. Palabras más, palabras menos, me pedían que cubriera el viaje de Boluarte a la ONU, pero a mi estilo".

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Esta historia termina con la presidenta Dina Boluarte y este inseguro narrador muy juntos, encima de una embarcación y viendo al sol hundirse, sin esperanza, detrás de los rascacielos de Manhattan. Todo empezó con una llamada. Palabras más, palabras menos, me pedían que cubriera el viaje de Boluarte a la ONU, pero a mi estilo. Claro, en caso yo tenga un estilo. Mejor transcribo un extracto del encargo: “Anda, búscala y, si puedes, le sacas alguna declaración. Después, haces uno de esos textos raros que haces”.

Llegué a Nueva York luego de ocho horas de un vuelo tranquilo. Luego de instalarme en el hotel, establecí contacto con una amiga periodista que es parte de la delegación que sigue a Boluarte: “Me dicen que mañana va a hacer un pequeño tour por la ciudad. Si quieres abordarla, ahí es la cosa”. Al día siguiente, tomé desayuno temprano en el hotel y salí a caminar por la ciudad. Si hay algo que no se puede evitar en Nueva York, es echar la cabeza hacia atrás y, al mismo tiempo, levantar la vista para distinguir, con el riesgo de perder el equilibrio, lo más alto de sus emblemáticos rascacielos. De repente, el mensaje que estaba esperando llegó a mi celular: “No tiene ruta definida, pero va a estar en el primer paradero del Big Bus a las 10 a.m.”. Revisé el itinerario de ese bus turístico y por suerte estaba bastante cerca.

Pasé por el Times Square, famoso por las enormes pantallas que cubren los edificios que lo rodean, y, un par de minutos después, ya estaba en el paradero. Compré un ticket, pero todavía no me puse en la cola. Decidí esperar la llegada de Boluarte. Me la imaginé bajando de un auto diplomático y con un grupo de agentes de seguridad. Sin embargo, quedé sorprendido al verla aparecer caminando, solo con un miembro de su seguridad y con un sombrero que le cubría medio rostro. Entonces comprendí. El día anterior un grupo de connacionales había protestado contra ella. Quedaba claro que Boluarte, sabedora de que su aprobación, incluso entre los peruanos que viven en el extranjero, es inversamente proporcional a su capacidad para gobernar, tuvo que resignarse a hacer su tour bajo la modalidad del perfil bajo.

Cuando el bus empezó su recorrido, Dina y yo estábamos cómodamente sentados en el segundo piso a techo descubierto, no juntos, menos revueltos. Ella estaba adelante, siempre con su seguridad al lado y este servidor, cinco filas más atrás. Pasamos el Empire State, el arco de Washington Square y, aun cuando el recorrido todavía no estaba ni a la mitad, Boluarte y compañía se bajaron cuando llegamos a Chinatown. Descendí detrás de ellos, pero había tanta gente entre los vendedores callejeros y los transeúntes que, en pocos minutos, los perdí de vista. Le escribí a mi amiga a ver si ya había averiguado los detalles del recorrido, pero no me respondió. Bastante desanimado, me dediqué a caminar sin rumbo. La ciudad de Nueva York es impresionante, sin embargo, al recorrerla con una tarea pendiente, prácticamente perdida, el ánimo se tambalea.

Varias horas después, luego de haber almorzado una hamburguesa —bueno, dos—, regresé al hotel. Ni bien me tiré en la cama, un mensaje llega a mi celular: “Tienes una última oportunidad. Va a estar a las 6:30 p.m. en Battery Park”. Tomé el metro. Bajé en la estación South Ferry y caminé hasta el lugar, de donde salen los ferries pagados y gratuitos. Estaba convencido de que Boluarte tomaría el de pago, así que empecé a dirigirme al muelle respectivo. Sin embargo, para mi fortuna, pude ver a tiempo a Boluarte y su seguridad: se estaban yendo al ferry gratuito. Ya me habían dicho que, aunque su razón de ser es transportar a los residentes hasta Staten Island, el verdadero objetivo de los turistas era el trayecto: una vista clara de la Estatua de la Libertad y una postal espléndida del horizonte de Manhattan.

El momento había llegado. Dina estaba sola en la cubierta, apoyada en el interminable barandal. Su seguridad, seguro por alguna necesidad fisiológica, había desaparecido. Caminé hacia ella y, luego de esquivar a los otros pasajeros, me detuve a su lado. Ya sin ninguna excusa para dilatar más el encuentro, aclaré mi garganta y, con la mayor amabilidad posible, le dije: “Señora presidenta, ¿le puedo robar un minuto?”. Boluarte volteó y, asustada, me clavó la mirada. El movimiento fue tan rápido que casi se le cae el sombrero. En seguida, sus ojos empezaron a revolotear por la cubierta. No sé si estaba buscando a su seguridad o estaba comprobando que yo estaba solo y que no había traído conmigo a los protestantes del día anterior. Quizá las dos cosas. Luego, volvió a estampar su mirada en mí. De golpe, sus facciones se volvieron más amigables. “Dime, ¿qué quieres? ¿Una fotografía tal vez?”. “No, gracias. Mire, primero quiero disculparme por abordarla así, de improviso, pero yo estoy haciendo una nota sobre su viaje…”. Y así, con la velocidad de un rayo, su cara volvió a ponerse agria. “No, no, yo ya atendí a la prensa. ¿Tú no tienes días de descanso en el trabajo? Bueno, pues, este es mi momento para relajarme, así que no tengo ninguna obligación de responderte”. Yo la miré menos compasivo y plasmé una sonrisa retadora. “Es verdad. No tiene ninguna obligación de responderme, pero tiene que entender que no está evitando mis preguntas sino las que la gente se hace en el Perú”. Lo admito, me puse ridículamente pomposo arrogándome la representación de los peruanos. Y, acto seguido, le mandé la primera pregunta: “Santiváñez fue censurado y usted le inventó un cargo, luego lo vuelve a poner en el gabinete, sabiendo que tiene un cúmulo de investigaciones, que obstruye a la justicia y amenaza a la prensa, ¿por qué esta necesidad de mantenerlo a su lado? ¿O la está chantajeando?”. Los ojos presidenciales casi se salieron de sus órbitas. Aunque el movimiento del ferry era mínimo —la tranquilidad de las aguas ayuda mucho—, me dio la impresión de que Boluarte empezaba a balancearse. Entonces, llegó su seguridad y se acercó a Boluarte: “¿Todo bien, señora presidenta?”.

Luego del incidente, ella no se alejó de mí, pero tampoco se dignó en volver a verme. Sentí que quería demostrar que, ahora con su seguridad a la mano, le daba lo mismo mi presencia. Yo no quise ser menos —piconería que le dicen— y tampoco me moví. Sin embargo, el aire enrarecido me duró poco y estoy convencido de que a Boluarte también. Nuestras miradas, cada una por su lado, fueron testigos del incansable espectáculo de un cielo rasgado por colores cálidos, mientras el sol se iba extinguiendo, sin remedio, bajo las enormes e interminables moles de Manhattan.


El texto es ficticio; por tanto, nada corresponde a la realidad: ni los personajes, ni las situaciones, ni los diálogos, ni quizá el autor. Sin embargo, si usted encuentra en él algún parecido con hechos reales, ¡qué le vamos a hacer!