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Pequeñas f(r)icciones: ¡Que venga la sentencia!… ¿O la embajada?

"En la noche, echado en su cama, Vizcarra da vueltas sin poder dormir. Por más que ha tratado de no pensar en el juicio, las imágenes de la prisión siguen apareciendo en su mente".

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yuri martin vizcarra
Columna por Yuri Rodríguez
Fecha Actualización
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Mario Vizcarra llega a la sala de reuniones del local de Perú Primero. Ahí, hundido en el sillón que preside la mesa larga y rectangular, está su hermano, Martín. Trata de saludarlo desde la puerta, pero Vizcarra está con la mirada perdida, vacía, como si sus ojos fueran de marfil. Mario se acerca, toma asiento al lado derecho del expresidente y lo contempla unos segundos, antes de volver a saludarlo. Esta vez, Vizcarra reacciona, lo mira y fuerza una sonrisa.

—¿Qué pasa, hermano? ¿Por qué esa cara de velorio? —pregunta Mario y, enseguida, una sospecha oscurece su rostro y le apaga el ánimo—. No me digas que ha pasado algo en la familia…

—No, no ha pasado nada en la familia. No ha pasado nada todavía, pero va a pasar.

—No te entiendo, Martín. Cuéntame, ¿qué pasa?

Vizcarra no hace gesto alguno, solo levanta apenas el mentón. Se toma unos segundos antes de contestar.

—Como sabes, el miércoles me dictan sentencia.

—Claro.

—¿Y te acuerdas que iba a pedirle a mis contactos en el Poder Judicial que me adelanten cómo va la cosa?

—Sí, sí. Me acuerdo. ¿Ya te averiguaron algo?

—Sí, ya me averiguaron.

—¿Y qué te han dicho?

—Estoy jodido, hermano —dice Vizcarra con la cabeza inclinada hacia adelante—. Me van a condenar.

De pronto, Mario pone las manos sobre el escritorio, juntas, con fuerza, como si hubiera tratado de matar dos moscas al mismo tiempo. Luego, niega con la cabeza y suspira largamente.

—Eso no puede ser, hermano. ¿Ya moviste todas tus influencias?

—Todas. Según lo que me han dicho, ya no hay nada que hacer.

—Es como para no creerlo. Nunca se hace justicia en este país y justo se les ocurre empezar contigo. ¿Y ahora qué vas a hacer?

—No sé. Me aterra la sola idea de volver a prisión por tanto tiempo.

—¿Y tu abogado?

—A él también le aterra. Si te contara los anticuchos que tiene.

—No, Martín. Te pregunto si has hablado con él.

—Sí, ya hablé con él. Me ha dicho que después de que me condenen va a apelar y cuando la segunda instancia ratifique la condena, va a ir a tribunales internacionales. Claro, siempre y cuando le pague los pasajes y los viáticos.

—¿Cuántos años ha pedido el fiscal?

—15 años.

—¡Carajo! 15 años. ¿Y no hay forma de reducir la pena?

—Mi abogado dice que si me porto bien, si acudo a los talleres y no causo ningún problema, me puede sacar antes.

—¿Cuánto antes?

—Depende de lo que demore en hacer el túnel.

—Pero qué clase de abogado tienes. ¿Quién fue el animal que te lo recomendó?

—Tú.

—Ah, cierto. Pero tampoco vamos a echarle la culpa al abogado. Aquí entre nos, tú sabes bien de quién es la culpa de todo.

—Claro, del fiscal.

—No, Martín.

—¿Del juez?

—Ya pues, hermano. Sé que es un mal momento para decírtelo, pero la culpa es tuya por aceptar esa coima. Yo te dije bien claro que no la aceptaras. ¿Te acuerdas?

—Me acuerdo. Me dijiste que no la acepte porque era muy poca plata.

Mario baja la mirada. Sonríe sin razón y se le forman surcos en el rostro. Luego, vuelve a poner los ojos en su hermano. El rostro de Vizcarra luce eclipsado, opaco, sin el aire de malicia que tanto lo caracteriza.

—Lo mejor será no hablar de lo que pasó y concentrarnos en lo que se viene —dice Mario estirando la mano y dándole a su hermano una palmada en el brazo—. Imagino que ya has pensado en el asilo.

—Es justo lo que estaba pensando cuando llegaste. Pero no sé. Yo siempre he dicho que iba a acatar las decisiones del Poder Judicial.

—Pero también has dicho que eres inocente. Por lo tanto, tu palabra no vale un carajo y eso, aunque no lo creas, es bueno. Así que no importa lo que hayas dicho, aquí estamos hablando de tu libertad.

—Es verdad, eso me debe importar más.

—¿Y en qué países has estado pensando?

—En varios, pero creo que la opción más real y segura es la de Brasil. Si recibieron a Nadine, ¿por qué no me van a recibir a mí?

—Es cierto. Yo también creo que es la mejor opción.

—Pero sabes, te soy sincero. En el fondo, no quisiera asilarme. O al menos no hasta que esté seguro de que la sentencia será en mi contra.

—No entiendo. ¿No me dijiste que te han dicho que te van a condenar de todas maneras?

—Sí, eso me han dicho. Pero, ¿te imaginas si me asilo y resulta que la sentencia sale a mi favor?

—Es mucho riesgo, Martín. Lo que tienes que pensar es…

El hermano de Vizcarra enmudece de golpe. Parece como si acabaran de desactivarlo, quitarle la energía. El expresidente alarga la cabeza hacia él.

—Mario, ¿qué pasa? ¿Por qué te has callado?

—Es que acabo de darme cuenta de algo. Imaginemos que te meten preso.

—Mejor imaginemos que me asilo.

—Está bien, da lo mismo. La cosa es que ya no vas a poder hacer campaña conmigo. Yo voy a tener que ir solo a las entrevistas, ir solo a las reuniones del partido. ¿Qué voy a decir si me preguntan cosas que no sé? ¿Qué voy a decir si me preguntan mis ideas sobre esto, sobre lo otro?

—Tú tranquilo, hermano. Yo voy a seguir haciendo campaña por ti en las redes.

—Pero eso es otra cosa. Me preocupa tener que enfrentarme a la gente yo solo. El animal político eres tú, no yo.

—Eso es verdad, tú no eres político. Pero no te preocupes. Si la gente me apoya como creo que me va a apoyar, no importa lo que digas, ni lo que pienses, ni siquiera importa si dices algo coherente o no. Igual van a votar por ti porque al final tus votos son los míos.

—Dirás que mis votos son los tuyos.

—Es la misma cosa. El asunto es que llegues a la presidencia para que me indultes.

—Claro, pero hay otro problema.

—¿Cuál?

—¿Quién me va a indultar a mí?

En la noche, echado en su cama, Vizcarra da vueltas sin poder dormir. Por más que ha tratado de no pensar en el juicio, las imágenes de la prisión siguen apareciendo en su mente. Entonces, se incorpora y queda sentado, con las piernas metidas bajo las sábanas. Manotea la mesita de noche, coge el control remoto y enciende el televisor para distraerse. Las imágenes gastadas, y en blanco y negro, le recuerdan que está viendo uno de esos canales del recuerdo que pululan en el cable. Un brillo en su mirada aparece cuando reconoce a los personajes. Un juez alto, de aspecto bonachón y lentes de marco negro interpela a un hombre escurrido, de ojos vivaces y sombrero mal puesto, al que llama, en un alegre y festivo tono cubano, “Tres Patines”. En ese momento, el juez golpea la mesa con el martillo y eleva más la voz: “Tome nota, secretario, que voy a dictar sentencia”. El aludido responde, animoso: “¡Que venga la sentencia!”. Súbitamente, un escalofrío atraviesa el cuerpo de Vizcarra y, sin pensar, apaga el televisor. Mientras, por enésima vez, trata de conciliar el sueño, se pregunta: “¿Será tan fácil el portugués como parece?”. 


El texto es ficticio; por tanto, nada corresponde a la realidad: ni los personajes, ni las situaciones, ni los diálogos, ni quizá el autor. Sin embargo, si usted encuentra en él algún parecido con hechos reales, ¡qué le vamos a hacer!