Es muy probable que, en medio de la resaca de las fiestas de fin de año, el convulso ambiente internacional y el permanente deporte de aventura que es transitar por las calles de este bendito país, usted, improbable lector, no se haya percatado de un hecho trascendental: la campaña electoral ha empezado. Ya pasamos el largo e involuntariamente divertido capítulo de las precandidaturas, ese donde se simula que las principales fuerzas políticas eligen a sus candidatos. Hubo que alzar los brazos y dejar que la mandíbula se vaya hasta el suelo ante sorpresas tales como que, por ejemplo, Keiko Fujimori sea la candidata de Fuerza Popular, o que César Acuña sea el que represente a Alianza Para el Progreso, o que, algo realmente inesperado, Rafael López Aliaga sea el candidato de Renovación Popular. Es como cuando ve a un mago partir a su asistente por la mitad. El mago, la asistente y usted hacen como si hubiera ocurrido, pero en el fondo el mago, la asistente y usted saben que nada es de verdad, que todo es una puesta en escena.
Y, como en toda campaña que se precie de serlo, pronto cada candidatura presidencial tendrá su eslogan, su idea-fuerza, una breve reunión de palabras que buscan fijar en las mentes confundidas de los electores. En nuestra historia electoral hay muchas, algunas notables. A mí, de momento, y por razones psicopersonales, se me vienen a la mente.
En los tiempos inmemoriales de 1985, yo ya existía. Era un niño algo peculiar. Me vestía de terno, con chaleco y corbata michi además; tomaba posición bajo el marco de la puerta principal y recibía a los invitados de las reuniones con una sonrisa de aviso publicitario. Y no solo eso, a esa excéntrica costumbre, le sumaba un pequeño unipersonal y, para suplicio de los presentes, me lanzaba a contar chistes. Y lo hacía con un desparpajo tal que ni yo ni mi psicoanalista lo podemos entender. Recuerdo también que eran chistes de adultos, y algunos eran tan subidos de tono que ni los entendía. Con la idea de aumentar mi repertorio, accedí a escondidas a una grabación de un verdadero contador de chistes: Miguel Barraza. Ya sé que el 95% de ellos hoy no pasan la valla de la evolución moral, pero esa es otra historia (u otra columna). Como era de esperarse, seguía sin entender varios de los chistes, pero uno —justo el que era político— lo entendí a la perfección. Poner por escrito un chiste de Barraza es algo así como tratar de describir a alguien el sabor de las imbatibles humitas de mi abuela —hay experiencias que tienen que vivirse—, pero, en aras de una mejor comprensión, contaré la broma. Un señor va con su auto por la avenida Alfonso Ugarte y colisiona, directo y sin remedio, con el local del partido aprista. Cuando un policía le increpa por el choque, el conductor le dice: “¿Qué culpa tengo yo? ¿Acaso el APRA no es el camino?”
Si se ha divertido más con las normas legales de “El Peruano” que leyendo el chiste es, huelga decirlo, absoluta responsabilidad de este su desatinado servidor. El caso es que apenas lo escuché recordé otro mucho mejor, más producido y de más alcance: una propaganda electoral. En los tiempos inmemoriales de 1985 —yo ya existía; saquen su cuenta— un joven verticalmente alargado, de pelo revoltoso y verbo encendido, postulaba a la Presidencia de la República con el histórico partido de Haya de la Torre. La publicidad mostraba a Alan García con una actitud de querer llevarse el mundo por delante —bueno, el impulso le alcanzó solo para el Perú— y con la frase: “El APRA es el camino”.
2001. 16 años después, ya no era un niño. Me refiero a mí, no a García. No recuerdo bien por qué, pero por entonces andaba medio obsesionado con Milan Kundera y me resultaba insoportable la levedad de mi ser, aunque, según la balanza, mi ser no era nada ligero. El asunto es que me paralizaba pensar que cada hecho en la vida, incluso o precisamente los más insignificantes, eran decisivos para llevarnos por un lugar u otro. Digo esto porque un hecho nimio, como elegir un determinado horario para ver una película y no otro, desencadenó una serie de hechos que —sería insoportablemente largo de contar— me llevaron a estar metido en la campaña de un señor llamado Alejandro Toledo.
Toledo, emblema de la lucha contra el régimen autoritario de Alberto Fujimori, estaba en campaña y yo formaba parte de los jóvenes que impulsábamos su candidatura. El deseo de llevarlo a la presidencia se reforzó cuando, tras la primera vuelta, solo quedaron Toledo y García. El mismo García que dejó un país tan arruinado que había convertido al humilde pero noble pan francés en un inalcanzable artículo de lujo, un auténtico delicatesen. Visto así, la decisión era bastante obvia, al menos para mí. ¿A dónde vas a llevar tu carro? ¿A un mecánico que una vez lo destrozó, dañó más las piezas que no funcionaban y las que sí las vendió por ahí al mejor postor? ¿O lo llevas donde un mecánico sano y sagrado que, aunque despide cierto olor a bebidas espirituosas, tiene la ventaja de no tener un pasado que lo condene? Su futuro, claro, fue otra cosa.
Toledo, pues, quería ser presidente y, con eso en mente, recorría el país, sonriéndole a todo el que se cruzaba en su camino, dándole la mano hasta a los que no se la pedían, cargando niños ajenos, mientras negaba a una niña propia —“Buenas noches, Zaraí”—. Cualquier esfuerzo era poco para alcanzar el objetivo, para cumplir los designios del dios Wiracocha. Pronto los peruanos, sobre todo los más olvidados, iban a descubrir que el Inkarri no era un mito, sino una esperanzadora realidad. Por tanto, los miembros del Inca, desperdigados por los españoles, se habían buscado durante siglos y, ahora, por fin, se habían reunido y resucitado en el cuerpo del candidato de Perú Posible. Este inca, más cosmopolita, menos xenófobo, había llegado al país con una mujer gringa, que escamoteaba el español, una mama ocllo europeizada. ¿Ahora el Inca era el conquistador? Un momento. El Inkarri se relaciona con Atahualpa y no con Pachacútec que es con quien siempre se comparaba Toledo. Bueno, me confundí, pero no me culpen. En las láminas “Huascarán” todos los incas se parecían mucho entre ellos, demasiado. Mejor hablemos del eslogan de esa campaña: “Más trabajo”. Que se supone de eso trata este texto. Según los fríos números, el desempleo disminuyó en los cinco años que en los que Toledo no estuvo muerto sino de parranda, de pachanga y de paloma. Diversos analistas —y me sumo a ellos por pereza mental—, afirman que la decisión más acertada que tomó Toledo respecto a su gobierno fue no gobernar. Es decir, delegar, delegar y delegar. No todo, desde luego. En las reuniones con los directivos de Odebrecht era el primero en llegar.
¿Qué nuevas frases traerán los candidatos presidenciales? ¿Con qué ensamble de palabras intentarán conquistarnos los genios del marketing político? Quedamos a la espera.
El texto es ficticio; por tanto, nada corresponde a la realidad: ni los personajes, ni las situaciones, ni los diálogos, ni quizá el autor. Sin embargo, si usted encuentra en él algún parecido con hechos reales, ¡qué le vamos a hacer!