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Pequeñas f(r)icciones: ¿Y ahora quién sigue?

"Jerí asume la presidencia en un clima convulso. En tal sentido, está enfocando toda su energía no en lograr terminar su mandato, sino en siquiera poder empezarlo".

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y ahora quien sigue yuri
Columna por Yuri rodríguez
Fecha Actualización
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¿Qué significa que hayamos tenido ocho presidentes en los últimos diez años? ¿Exceso de democracia? ¿Un desmedido afán por la alternancia en el poder? ¿Que no sabemos elegir? ¿Que poner y sacar presidentes se ha convertido en una suerte de pasatiempo nacional? Mientras intentamos resolver estas interrogantes, démosle una breve pero suculenta mirada.

 

OLLANTA HUMALA

Desde el primer día de su gestión se pudo advertir que la persona detrás del sillón presidencial, y más de las veces delante de él, era la primera dama Nadine Heredia. Fiel al eslogan de campaña la “Gran Transformación”, Heredia no tardó en transformarse y disfrutar, sin reparo y sin rubor, de las mieles del poder. Humala, en tanto, acudía a las reuniones, a las inauguraciones y a cualquier evento oficial para dar la impresión de ser un presidente en funciones. Hoy está preso en el fundo Barbadillo fundido por el amor a su cónyuge y su llamativa tendencia a confundir el sueldo presidencial con las ingentes cantidades de dinero que, no sabía por qué, le llegaban de Brasil. Heredia, hasta donde se conoce, tampoco la pasa bien: la arena de las playas de Río de Janeiro se adhiere demasiado al cuerpo.

 

PEDRO PABLO KUCZYNSKI

En el que quizá sea uno de los mayores actos de prestidigitación masiva que hayamos visto, alguien -llamémosle fatalidad, desventura o sopapo de realidad- tomó al Kuczynski que conocíamos, el político experimentado, el estadista, el economista de exportación y, justo antes de ponerse la banda presidencial, y sin que pudiéramos captar el momento exacto del intercambio, nos devolvió al otro: el humorista de salón proclive a repentinos saltos que, a falta de un mejor calificativo, convenimos en llamar baile. Obligado a renunciar debido a un farragoso trato hecho años atrás con Odebrecht, hoy se encuentra impedido de salir del país.

 

MARTÍN VIZCARRA

Elegido como vicepresidente, sucumbió a la tentación de ocupar el sillón presidencial. Quiso el destino, y algún lejano e inextricable experimento oriental, que asuma el rol de administrador de nuestras vidas desde los primeros fuegos del COVID-19. Confinados, veíamos sin esperanza cómo Vizcarra, con la frialdad de un maquillador funerario, daba cuenta, día a día, de la fragilidad de nuestra existencia. En el interín, compró pruebas rápidas que no servían para descartar contagios, aunque es posible que sí para engrosar cuentas bancarias. Además, cerró el Congreso y luego, tras una denuncia de corrupción, fue retribuido con la vacancia. Tiempo después, nos enteramos de que, en un acto de valentía, se había inoculado la primera vacuna anti-Covid-19 mientras miles de peruanos rezaban por tener la posibilidad de vacunarse. Hoy, aun cuando está próximo a enfrentar un juicio cuyo desenlace no lo deja dormir, persiste en aparentar estar tranquilo, libre de culpas y concentrado en su improcedente candidatura.

 

MANUEL MERINO

Apenas asumió la conducción del país, mandó a cambiar su sello de “presidente del Congreso” por el de “presidente de la República”. Sin embargo, cuando este último llegó ya había renunciado por la presión de las protestas. Hoy pretende obtener la pensión presidencial argumentando que, sin importar por cuestiones temporales, él fue jefe de Estado. En el mismo sentido, estaría solicitando la nacionalidad norteamericana porque estuvo un fin de semana en Miami. A su favor, debemos admitir que durante su gestión no hubo denuncias de corrupción. Quizá no le dio tiempo.

 

FRANCISCO SAGASTI

Elegido como el político mejor vestido del año -su pañuelo anudado al cuello fue decisivo-, Sagasti citó a César Vallejo durante su discurso inaugural. Ello, desde luego, desconcertó a la mayoría de congresistas, algunos de los cuales demandaron instalar una comisión investigadora para indagar quién era “ese tal Vallejo”, por qué tenía nombre de universidad y por qué tenía tanta influencia en el presidente. Si bien lucía una figura quijotesca supo librarse de los molinos de viento de sus opositores y, casi sin arrugar el traje, alcanzó su objetivo mayor: culminar su breve 
mandato.

 

PEDRO CASTILLO

Precedido de un discurso partidario donde la democracia era “una pelotudez”, y guiado por el pensamiento de Vladimir Cerrón, Castillo llegó a la presidencia. Pronto fue evidente que estaba dispuesto a gobernar -que me perdone Bolaños- “sin timón y en el delirio”. En ese entendido, no sorprendió que el primer dilema nacional planteado por Castillo fuera si un pollo puede estar vivo o no al mismo tiempo. Tampoco fue del todo inesperada la voracidad de sus familiares y allegados por los bienes públicos, aunque sí que su ejecución tenga la delicadeza de un bujiazo. Así las cosas, la probabilidad de que pudiera terminar su mandato era casi inexistente: uno no se gana la Tinka dos veces. Sin embargo, fue el propio mandatario quien, acorralado por el fantasma de la vacancia, se suicidó política y penalmente, en vivo y en directo, golpeándose a sí mismo con una determinación tan inexplicable que se requeriría de un diván para entenderla. Hoy Castillo reside involuntariamente en el fundo Barbadillo y, desde ahí, se defiende asegurando -el dilema del pollo lo persigue- que ese señor que quiso quebrar la democracia era él, pero, a la vez, no era él. Ni la física cuántica se atrevió a tanto.

 

DINA BOLUARTE

Después de la tormenta de Castillo, Boluarte llegó para traer la calma. Esa, en todo caso, era la idea. Sin embargo, el inicio de su gobierno quedó marcado por cruentas marchas y movilizaciones. Luego, cuando la violencia amainó, el panorama prometía un clima agradable, caluroso y con un cielo despejado. Entonces, descubrimos, quizá sin mucho asombro, que Boluarte prefería poner su atención y esmero en la relojería fina y en la estética personal antes que en asuntos tan aburridos y tediosos como el manejo del país. Tampoco es que pusiera mucho esfuerzo en ubicar y capturar a su mentor y hermano en el dinamismo Vladimir Cerrón. A medida que Boluarte lucía más joven y más adornada, en paralelo, la inseguridad iba aumentando hasta llegar a niveles de terror. Sin embargo, pese a sus aspavientos y sus frases hechas y contrahechas, resultaba -ya que hablamos de clichés- “público y notorio” que su interés por luchar contra la delincuencia era inversamente proporcional a su voluntad por aumentarse el sueldo. Su vacancia, germinada y alimentada por ella misma, fue ejecutada en unas cuantas horas. Hoy está en su residencia de Surquillo, dicen, aprendiendo 
portugués.

 

JOSÉ JERÍ

Desconocido para la población en general —y para alguno que otro de sus vecinos—, Jerí asume la presidencia en un clima convulso. En tal sentido, está enfocando toda su energía no en lograr terminar su mandato, sino en siquiera poder empezarlo. Son tiempos recios, como diría Vargas Llosa. Queda ver si logra superar la crisis y el descontento popular. Si lo hace, esperamos que gobierne con buen criterio. Él o Patricia Li, uno de los dos.


El texto es ficticio; por tanto, nada corresponde a la realidad: ni los personajes, ni las situaciones, ni los diálogos, ni quizá el autor. Sin embargo, si usted encuentra en él algún parecido con hechos reales, ¡qué le vamos a hacer!