“Gracias, papá, por todo lo que me has dado, me siento emocionada, gracias, papá, me quedo con lo mejor de ti”, un abrazo, tres besos, uno en el cachete derecho, otro en el izquierdo y el último en la frente. Un arroz chaufa con plátano frito y dos wantanes encima, porque dificulto que en Berlín pueda encontrar un chifa, y unos pasos más allá, las puertas electrónicas de Migraciones esperando la salida al mundo de mi hija mayor, Valentina.
No me queda claro todavía si el nuevo aeropuerto es un tremendo Food Court con aviones a los lados, pero ahí estamos, con una señora a nuestro costado sacándose los billetes literalmente del calzón para pagar su Inka Kola. Voltea me reconoce, me sonríe y me dice: “No vaya a ser que me roben la plata”. “No creo —le digo—, los ladrones están en el Congreso y el Gobierno”. Se ríe y me dice que todas las mañanas me escucha en RPP. Hace el ademán de abrazarme, se atreve a abrazarme y me dice: “Te voy a extrañar, Galdós, he ido a todos tus shows unipersonales”. Momento WTF (what the fuck o, en español, qué carajos está pasando). Volteo y mi hija me dice: “Justamente eso es lo que no voy a extrañar, que cada vez que salíamos a la calle nunca teníamos un momento de privacidad, siempre hay alguien que te reconoce”.
—Papá, ¿por qué te divorciaste de mi mamá?
—Porque con las justas podía estar conmigo. Necesitaba comenzar a resolverme y consideré que no era justo estar con nadie mientras eso no ocurriera.
—¿Por qué te gusta estar solo? ¿Por qué no tienes amigos? ¿Por qué eres tan diferente a como apareces en la televisión? ¿Por qué te empeñas siempre en caer pesado, en hacerte el faltoso, en ser el irreverente si tú en persona no eres así? ¿Por qué eres tan inseguro? ¿Por qué eres tan culposo? ¿Por qué nunca nada te satisface? ¿Te has dado cuenta de que no hay nada que te venga bien?…
—Amorcito, hemos tenido diecinueve años para esta conversación, ¿y eliges hacerla justo ahora que estás a punto de irte a vivir a otro país? ¿? No entiendo. He hecho todo lo que ha estado a mi alcance para hablar contigo sobre este y otros temas, y tu respuesta siempre era: “Ay, papááá, ya después hablamos”, y ahora justo ahora ¿lo quieres resolver?....
—No, papá, no me malinterpretes. Hay muchas cosas que me gustan de ti, son más las que me gustan de ti, solo que estas me incomodan…
—Qué bueno que las puedas reconocer y que te incomoden, Valentina, porque justamente eso es lo que te quiero dejar… QUÉDATE CON LO QUE MÁS TE INCOMODE DE MÍ Y TRABÁJALO. Ese es mi regalo para ti, ahí está tu reto. Descubre por qué esas formas de ser de mi papá me tocan, me detonan. Reconoce qué botones se activan cuando aparece tu papá el inseguro. Ese es el acertijo que yo te regalo y que a ti te toca resolver para ir al siguiente nivel de tu vida. Y, cuando tengas las respuestas, te habrás dado cuenta de que ya eres libre, porque, de lo contrario, en la medida en que algo te siga incomodando de mí, me estás dando un poder sobre ti. Buen viaje, preciosura.
—Chau, papá.
—Chau, Valentina. Crece, libérate de mí, ve por ti. Cualquier cosa me llamas.
La incomodidad que los padres generamos en nuestros hijos es un regalo disfrazado. En un primer momento, parece una carga, una piedra en el zapato, pero en realidad es el espacio de transformación que todo ser humano necesita habitar.
La incomodidad que todos sentimos frente a nuestros padres ya sea por sus actitudes, expectativas o silencios es, en realidad, un espejo de aquello que necesitamos resolver dentro de nosotros mismos. Es un reflejo que toca fibras sensibles. La necesidad de aprobación, el miedo al rechazo, el deseo de ser amado incondicionalmente. Aquí el tema es descubrirse a sí mismo a través de esa fricción con nuestros padres.
Ese roce incómodo con papá y mamá nos prepara para la vida: se entrena la tolerancia a la frustración, la capacidad de diferenciarse y, lo más importante, la construcción de la identidad. Son justamente esos espacios de tensión donde los hijos nos comenzamos a dar cuenta de lo real, es decir que el amor tiene límites, que la ternura es amiga también de la incomodidad y conviven, y lo más importante: la diferencia existe y necesito aceptarla.
La incomodidad con nuestros padres nos empuja a separarnos de sus expectativas. Es decir, es el punto de partida para encontrar mi camino desprendiéndome de lo que piensen, sientan o les guste a mis padres. Es justamente en este punto donde comenzamos a construir una vida propia aunque duela. El gran descubrimiento es que yo tengo derecho a elegir, sentir, pensar, rebelarme y crear de manera diferente a la de mis padres.
Cada vez que un hijo le reprocha algo a sus padres, en realidad lo que está ocurriendo es un momento de revelación, hay algo que quiere volverse consciente. Y ahí debería aparecer el entendimiento profundo que nos revela lo siguiente: llevarme bien con mis padres, tomarlos, aceptarlos no tiene que ver con que ellos cambien para que yo me sienta bien, sino con descubrir ahora qué voy a hacer yo con esa incomodidad, qué lugar quiero darle y cómo la voy a transformar. Es decir, me comienzo a hacer cargo de lo que siento.
El mejor regalo que podemos darles a nuestros hijos es la incomodidad. Eso que les jode profundamente de nosotros, precisamente eso es la llave del crecimiento, de la identidad, de la reingeniería emocional y la libertad emocional. Es decir, convertirse finalmente en adulto.
Hay hijos que viven quejándose de sus padres, que viven atrapados en la ilusión del cambio externo. Están renunciando a su propia libertad porque, mientras el foco esté puesto en el otro, no se podrán hacer cargo de sí mismos. Es decir, mi bienestar está en función de que los demás sean como yo quiero que sean, y eso no es real.
Cada vez que yo rechazo a mis padres estoy renunciando a una parte de mí mismo porque, me guste o no, mis padres son mi fuente, mi raíz, mi origen. Si yo niego a mis padres, estoy negando también mi historia, mi existencia.
“Cuando mi papá me pida perdón, recién ahí voy a sentirme mejor, voy a sanar”… Lo anterior es darle poder absoluto al otro sobre mi propia paz. Entonces, sigo siendo un niño atrapado en un cuerpo y en una edad de adulto, a la espera y dependencia de un gesto, unas disculpas que tal vez nunca lleguen.
Si yo espero que mis padres cambien, me voy a quedar huérfano de mí mismo, porque jamás podré llegar a ser el adulto creador que estoy en posibilidades de ser y construir la vida que quiero.
Solo para cerrar. Hasta el día de su muerte, mi padre no me reconoció como hijo suyo. No lo hizo por ningún lado. Le gané un juicio de demanda de reconocimiento de paternidad. No se atrevió a ir a la prueba de ADN cuando el juez así lo ordenó. Se blindó hasta los pelos cuidando su patrimonio, seguro pensando que algunos de sus bienes me podrían interesar, es decir, estuvo parado en sus trece hasta su último respiro en que yo no era hijo suyo. Reconstruyendo un poco su historia con la generosidad de algunos de mis hermanos, entendí que a mí me tocó el hombre roto. Y gracias a esa incomodidad, tremenda incomodidad, mayúscula incomodidad de ser el bastardo del clan, yo me paro en el mundo en las formas de ser que me constituyen y lo tomo, tomo su historia, nuestra historia como perfecta. La vida, mi vida, viene de él y qué mejor regalo que ese.
No me quejo. ¿Me duele? Claro que sí, siento pena. ¿Me arruinó la vida? No, de ninguna manera. ¿Le tengo resentimiento, odio? Lo tuve mucho tiempo. Lo odié, lo desprecié, le deseaba la peor de las muertes, me daba asco su ser. Hasta que progresivamente fui cayendo en cuenta de que yo tengo la vida que a mí me gusta y que eso tenía que venir de algún lugar porque, si yo amo la vida y la vida viene de mis padres, si yo los rechazo, me estoy rechazando a mí y por ende a todo mi sistema, es decir, a mis hijos y los que vengan a futuro. A mí, mi padre me dio lo mejor que tuvo para mí: LA VIDA. Lo mismo mi madre. Ella me ha dado lo mejor que tenía para mí: LA VIDA.
Entonces, todo lo demás, lo que me hubiera gustado que fuera o lo que veía en los dibujos animados sobre la familia que a mí no me tocó, todo eso y más es accesorio frente al poder de la vida. GRACIAS, ELENA Y ALFREDO, POR DARME LO MEJOR QUE TENÍAN PARA MÍ. AGRADEZCO AL UNIVERSO POR ESE POLVO GLORIOSO DEL CUAL PROVENGO.
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