Días atrás, el gerente de una línea aérea publicó un artículo en el que hacía notar, correctamente, los riesgos que corren el consumidor y la aviación civil al incrementar la regulación, so pretexto de beneficiar al primero, refiriéndose a la reciente ley que permite el endoso gratuito de boletos aéreos hasta 24 horas antes del vuelo.
La regulación es siempre el peor enemigo del consumidor, más aún cuando los que regulan son “congresauros” (invocando el apelativo dado por Andrés Bedoya) o “burrócratas” que no entienden nada de nada y que solo buscan votos o sentir que juegan a ser dioses.
La aviación comercial es una industria compleja y sensible: transportan seres humanos. Sin entrar en los tecnicismos de lo difícil que es operar una línea aérea, ¿qué puede ser más problemático que lidiar con cientos de personas (nerviosas en su mayoría) en un solo momento?
Las líneas aéreas fueron duramente golpeadas por el COVID-19 e idearon nuevas estructuras de negocio que les permitió recuperarse y que está basado en cobrar adicionales por todo.
El boleto regular que uno compra solo admite un pequeño bolso o mochila y un asiento al azahar. ¿Viajas con maleta o carry-on?, cuesta. ¿Viajas acompañado y quieres sentarte junto a tu acompañante?, cuesta. ¿Eres alto, buscas espacio para las piernas y tu única esperanza es la primera fila o la de emergencia?, cuesta. ¿Quieres un café?, cuesta. ¿Sobrevendieron el vuelo y no te dejan embarcar?, hay que armar lío para que te compensen o recoloquen.
Sigo pensando que la intervención estatal siempre será el peor remedio y que el artículo en cuestión es acertado en todo lo que señala; sin embargo, la pregunta que queda es: ¿Si ya saben cómo son nuestros “congresauros” o “burrócratas”, por qué se exponen a caer en sus garras con prácticas poco amistosas?
Los “congresauros” y “burrócratas” también vuelan.