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Cayetana Álvarez de Toledo: "Se confunde la valentía con la violencia verbal”

“Hay gente de la derecha que cree que haciendo lo mismo que la izquierda puede ganar”, sostiene la diputada española en entrevista con Cecilia Valenzuela, directora de Perú21.

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Cayetana Álvarez de Toledo
"Yo hago un llamamiento a los empresarios en el Perú, que inviertan en democracia, que se levanten, (...) que hablen sin miedo", dijo Álvarez de Toledo. (Foto: Javier Zapata)
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La periodista, escritora y diputada española Cayetana Álvarez de Toledo estuvo en Lima a propósito del último CADE empresarial y se dio tiempo para conversar con la directora de Perú21 sobre los valores y las ideas del liberalismo que se encuentran desbordados por la polarización y el autoritarismo que amenazan el quehacer político de estos tiempos.

Gracias, Cayetana, por iniciar tu presentación en CADE haciendo un homenaje a Mario Vargas Llosa. ¿Cuánto influyó él en ti?

Profundamente. Mario era como un faro. Creo que, para muchísimos, no solamente para los liberales, sino también para los ciudadanos en general, personas con compromiso cívico. Hay muy pocos intelectuales que se atrevan a mojarse y a defender sus ideas, y a defender la democracia y la libertad en circunstancias tan difíciles. Siempre digo que era un gigante de las letras, evidentemente, pero también un gigante de la libertad. Y además era una persona de una cordialidad absolutamente conmovedora y emocionante. Una persona de una generosidad de espíritu como no he conocido. Y también un gran español. Ojalá más españoles tuvieran ese compromiso democrático que demostró él en momentos tan difíciles para España, cuando el proceso separatista y el nacionalismo y el afán de destruir la convivencia democrática avanzaba, (él habló de) la unidad nacional; esas bellísimas palabras que él repetía en defensa de la libertad. Tenemos una deuda impagable de gratitud con él y yo, personalmente, inmensa. Lo tengo siempre en el recuerdo y en la memoria.

Hizo lo mismo por el Perú. Fue la primera voz que se alzó por la libertad. Nos trajo esa enseñanza, ese pensamiento político. Nos enseñó a luchar por el mercado abierto y libre. Nos faltó decirle más veces “gracias”. Me enterneció mucho saber que pudo sembrar eso mismo en su otra patria.

Insisto, todos nos quedamos huérfanos cuando murió. Yo me sentí realmente huérfana; es decir, Mario era como un paraguas protector, un referente en tantas cosas, y siempre me molestó que mucha gente dijera cuando murió: “Bueno, fue un gran escritor”, ahora bien, pero sus ideas. Mucha gente del lado de la izquierda lo decía con mezquindad. Yo pensaba, pero no, sus ideas siempre fueron las correctas y tuvo siempre una valentía, una mirada limpia sobre las cosas. No se dejaba llevar por fanatismos, por sectarismos. Hoy, que está tan de moda la polarización salvaje, de gente que defiende cosas en las que no cree solo porque son lo contrario de lo que defiende su enemigo. Mario, en cambio, tenía esa mirada limpia sobre la vida y sobre la política. Juzgaba los hechos como tales. No se dejaba arrastrar por pasiones sentimentales, salvo en su vida personal, pero no en lo político, y siempre fue muy justo y valiente. Además, hizo un viaje ideológico y eso no es fácil, desmarcarte de la izquierda que era el marco absoluto entonces, que lo dominaba todo, que dominaba sobre todo la cultura y a los intelectuales; desmarcarte del rebaño y empezar a caminar solo, ir a abrir brecha y conseguir que al final de tu vida mires para atrás y haya millones que se hayan convertido al liberalismo.

Nunca tuvo miedo de pelear con quien tuviera que hacerlo y de enemistarse con quien tuviera que hacerlo por defender la libertad y la democracia.

Pero siempre con esa cordialidad infinita, y eso es muy valioso, porque hoy están de moda los pendencieros. Entonces, tenemos el liberalismo pendenciero y en la batalla cultural, pues acaban los guerreros culturales del otro lado, entonces hay que insultarle enfrente más fuerte. Entonces, se confunde la valentía con la violencia verbal. Y eso no hace falta. Mario era la prueba absoluta de que puedes tener unas convicciones firmísimas y todo eso envuelto en una cordialidad que desarmaba. Mario es un referente total.

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Cayetana Álvarez de Toledo y Mario Vargas Llosa. (Foto: Carlos García Pozo)
"Todos nos quedamos huérfanos cuando murió. Mario (Vargas Llosa) era como un paraguas protector, un referente en tantas cosas”, afirma Álvarez de Toledo. (Foto: Carlos García Pozo)

Y hablando de la violencia verbal, ¿tú dirías que Donald Trump es un liberal?

No, no, claro que no es liberal. No, es otra cosa. Hoy en día es muy difícil catalogar a los líderes políticos, casi es difícil entre derecha e izquierda; pero liberal no. Alguien que es proteccionista, que promueve los aranceles, que se planta un día en el jardín y empieza: “10% o 30% aranceles a todo el mundo”, liberal no. Y yo tengo muchos amigos liberales de toda la vida, que ahora hacen contorsiones intelectuales y académicas y morales y retóricas para intentar justificar los aranceles porque, si la derecha teóricamente defiende los aranceles, entonces eso es liberal, y no es verdad. Precisamente, hay que mantener la mirada limpia, no caer en perdonar a los propios lo que condenamos en los ajenos. Hay que plantarse firme y decir: “Yo juzgo las conductas, los hechos, y no porque estos sean los míos, les voy a perdonar lo que señalo en los que son adversarios”.

Los liberales nos estamos quedando un poco solos. Lo que está teniendo auge en este momento en el mundo es el autoritarismo. ¿Por qué crees que el mundo va camino a estas orientaciones tanto en Europa como en América?

Bueno, el orden liberal tiene dos grandes enemigos. Uno son las autocracias clásicas propiamente dichas, en modelos autoritarios, digamos, impúdicamente autoritarios, que son China, Rusia y compañía; y luego están los enemigos internos, es decir, el desistimiento, la desconfianza y los movimientos populistas identitarios. La palabra “identidad” es una palabra muy peligrosa. La izquierda ha sustituido la igualdad por la identidad. Empieza a destruir las democracias socavándolas al interior, es decir, dividiéndolas en colectivos identitarios. Levanta esa bandera separatista, separa a los ciudadanos de una comunidad democrática en grupos, en colectivos, es un colectivismo victimista, segregacionista y los enfrenta. ¿Y qué es lo que pasa? Esa política woke tiene una reacción muy fuerte del otro lado, y pasas de woke a maga, digamos. Y, entonces, se empiezan a crear movimientos nacionalistas, también identitarios, también separatistas, pero frente a otros que compactan de manera artificial también las sociedades y de manera poco democrática. Entonces, el péndulo se mueve y el mundo liberal, el mundo de la ciudadanía, de los grandes valores promovidos desde la Ilustración en adelante, queda aplastado por estas dos fuerzas en combate. Y lo que hay que hacer es volver a los principios, reconstruir el orden liberal desde sus fundamentos sobre esas ideas que siguen siendo plenamente vigentes y válidas. No es que las ideas liberales estén caducas o ya han pasado; es que están, digamos, siendo asediadas, y hay que fortalecerlas desde ese embrión, desde lo básico, y empezar a reconstruir hacia fuera.

Pero son, a su vez, ideas que se basan en valores asediados de tal manera que empiezan a diluirse entre los jóvenes. ¿Cómo los reinventamos?

La libertad individual no se diluye. No hay nada más emocionante, necesario, es lo que distingue al ser humano: el ansia de libertad. Y eso no depende de dónde hayas nacido ni de qué procedencia, color de piel o sexo tengas o religión profeses: es el ansia de libertad. Y la igualdad ante la ley. ¿Qué garantía mayor de convivencia puede haber que la igualdad ante la ley? Es decir, que no se nos juzgue por ningún motivo de clase, sexo, raza o religión, sino por nuestras conductas y hechos. La separación de poderes, el Estado de derecho. La seguridad jurídica, la sociedad abierta: todo esto son fundamentos del orden liberal, es lo que permite el progreso, la prosperidad y la convivencia pacífica dentro de los pueblos y entre los pueblos. El hecho de que estén siendo asediados no significa que esos valores no existan, no sean necesarios y no tengan futuro. Claro que lo tienen, y lo que tenemos que hacer es trabajar para que los tengan. Y explicarles a los jóvenes que es ahí donde ellos van a encontrar sus oportunidades. No fuera de la democracia, no en los autoritarismos.

Una palabra clave, trabajo. La izquierda tiene muchos activistas trabajando en lo contrario y los liberales no tienen a tanta gente trabajando en esa doctrina. Falta que la gente más convencida haga ese trabajo político, invierta en política.

Hay un repliegue porque, insisto, en lo de la tentación del espejo. Hay gente de la derecha que cree que haciendo lo mismo que la izquierda tiene manera de ganar. Ve que la izquierda gana con la mentira, pues también mintamos. Al margen de la ley o a través de las políticas identitarias, vamos a apelar a las bajas pasiones. ¡Qué fácil es hacer política así! El populismo es el atajo de los mediocres; para movilizar con la razón hay que valer. Con argumentos, con verdad es mucho más difícil que hacerlo con las bajas pasiones: yo tomo un megáfono y salgo a la plaza pública mañana y empiezo a incitar al odio, a la envidia, al miedo, al nacionalismo, a las pasiones identitarias, pues seguramente voy a convocar a gente. Pero ¿hacia dónde me lleva eso? A hacer lo mismo que hacen los del otro lado. Tenemos que, efectivamente, construir a partir de la idea maravillosa de la constatación de que nuestros valores son los mejores y hay que preservarlos; no renunciar a nuestros valores para intentar ganar una contienda. Identificar los pasos para la reconstrucción de ese orden liberal, la recuperación de la verdad en la vida pública, que está destruida, no confundir la libertad de expresión con el derecho de mentir impunemente, recuperar, restaurar el sentido de las palabras. La limpieza conceptual, una cosa orwelliana pura, pero ahora al siglo XXI. Combatir los burros de Troya de la democracia, no caer en la tentación del espejo, crear alternativas políticas funcionales, fuertes, sólidas, asumir y volver a instaurar en el debate público el concepto de responsabilidad, no solamente derechos infinitos, también la responsabilidad. Esto es algo que me enseñó mi padre, forjar ciudadanía. María Corina Machado me habla tanto de la responsabilidad y del optimismo, el optimismo es un valor esencial en la vida pública también.

No se trata de separar entre izquierda y derecha simplemente. ¿Cómo observas el ejemplo argentino? El ejemplo de Javier Milei.

Yo creo que la gran asignatura pendiente en Argentina es el rescate institucional. Él ha rescatado económicamente la parte más dura que es el ajuste fiscal después de años de populismo y demagogia, y peronismo y desastre. Esa etapa la ha conseguido y ahora lo que tiene pendiente es realmente la gran revolución que es la de las instituciones, y para eso hace falta cerrar la grieta. No basta con acabar con el cepo económico, hace falta cerrar la grieta, la división. Y él durante una etapa se dedicaba, digamos, a abrir la grieta y a socavar la fosa. Yo decía: “El insulto no es una política”. Fíjate, la polarización tiene muchas desventajas. La ventaja electoral y a corto plazo es que divides y vencerás. Como el fin es el poder absoluto, el medio es la polarización. Los populistas lo utilizan. Como no pueden gobernar por adhesión, gobiernan por odio. O sea, es la polarización clásica, pero claro, tiene muchas desventajas; no solamente destroza la convivencia, sino que paraliza, bloquea un país, porque con polarización tú no puedes concitar acuerdos mayoritarios para hacer reformas estructurales. Es decir, para sacar adelante las grandes reformas que un país necesita, tú necesitas tejer consensos, necesitas reconstruir la trama de afectos y eso, con la polarización, es imposible.

Desde aquí vemos en España a un presidente como Pedro Sánchez que, a pesar de todo lo que se sabe de su gobierno, parece que estuviera bañado en teflón.

Bueno, claro, porque ningún país está a salvo de la destrucción democrática. España vive un proceso de mutación, de democracia plena a democracia fallida, como en muchos sitios, un presidente sin escrúpulos cuyo objetivo es liquidar la alternancia democrática y que socava los contrapesos y, entonces, puede pasar lo que pasa, que él no se va, y hay dos maneras de que se vaya. Una es una moción de censura, que no hay una mayoría alternativa en la cámara, porque los socios suyos, cuanto más débil esté, mejor para ellos, porque lo chantajean de manera más fácil. Y la otra es la gran solución que son las urnas y entonces es ir forjando una gran mayoría de españoles, una gran mayoría alternativa que quieran un país en paz civil. Es decir, sin polarización y odio, sin muros y un país democrático, regenerado democráticamente y un país que avance una vez más por la senda del progreso, de la prosperidad económica y social. Y esa es la mayoría que estamos trabajando para que cuando llegue el momento de las urnas y mandarle —como diríamos— a la papelera de la historia, es decir, que sea rotundamente derrotado en su proyecto, que es un proyecto como digo incompatible con un sistema de libertades como el que España.

¿Tú les recomendarías a los empresarios peruanos que inviertan en política?

Sí, yo lo digo y lo he dicho de manera muy nítida, la indiferencia es complicidad, la apatía es complicidad. Si los empresarios, si el mundo civil, se alejan de la política, entran el narcotráfico y el crimen organizado, y toman la exposición que los políticos ocupaban y acaban secuestrando al Estado, sus instituciones y haciendo la labor que deberían hacer los políticos democráticos, y eso es el principio del final de los países. Con lo cual yo hago un llamamiento a los empresarios en el Perú, como lo hago a los empresarios en España, que inviertan en democracia, que se levanten, que se impliquen, que se mojen, que hablen sin miedo. Los empresarios son los que crean empleo, son los que crean riqueza. Ellos deben comprometerse como militantes de la democracia en las soluciones políticas que el Perú necesita.

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