En el siglo XIX, el Perú fue pionero en desarrollo ferroviario. Tuvo el primer tren de carga de la región. Sin embargo, hoy el Perú está a la cola de América Latina. Muy lejos de los metros de Santiago de Chile (1975), Sao Paulo (1974), Medellín (1995) y ni qué decir de Buenos Aires (1913).
¿Cómo pasó Perú del primer al último lugar en desarrollo ferroviario? El debate sobre la reciente donación de trenes de Caltrain para Lima ha subrayado la ausencia de nuevos trenes peruanos. Quizás sea por el trauma de las obras del empresario Henry Meiggs, el Odebrecht del siglo XIX. Meiggs, quien venía de California, anotó todos los sobornos y coimas en una libreta verde. El escándalo de corrupción trajo abajo la reputación internacional del Perú y despilfarró parte de la bonanza güanera y salitrera.
Sin embargo, Meiggs había llegado a Lima desde Santiago, donde también había sido señalado como corruptor. Y hoy, casi 200 años después, Chile ha inaugurado el tren más rápido de Sudamérica. Mientras tanto, el Perú a duras penas avanza por centímetros las líneas 3 y 4 del Metro de Lima. ¿Acaso somos los únicos corruptos de la región?
Es cierto que la corrupción ha ralentizado y a veces paralizado el grueso de las grandes obras de transporte masivo, por no hablar de las otras. Y la brecha en infraestructura se calcula en aproximadamente S/120,000 millones solo en el corto plazo y S/360,000 millones en el largo. Pero si Chile y el resto de países pudieron desarrollar su infraestructura vial, ¿por qué no el Perú? Sobre todo, considerando lo urgente que es debido a la difícil geografía peruana. Un hinterland que explica más sobre el olvido de la sierra y la selva que cualquier teoría cultural o racial que hable de falsos determinismos históricos.
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