Las redes sociales sirven para aglutinar, manifestar y arengar. Pero el fin último de toda protesta sigue siendo tomar las calles. En este país aún se impone “la ley de la calle”, la única que se respeta cuando las papas queman. Y aunque la derecha ha copiado las funas chilenas y los escraches argentinos, la izquierda sigue teniendo casi el monopolio de la indignación y la protesta.
La derecha no tiene calle. Basta con recordar los corsos de Wong contra Castillo, con más camionetas que gente y niños bien con ‘fachalecos’ que jamás habían olido una lacrimógena. Y, cuando la derecha tiene calle, lamentablemente se convierte en La Pestilencia, porque no es estratégica. Ataca librerías, exposiciones y presentaciones en ferias del libro. Y allí la izquierda —que controla el capital cultural— se encarga de resaltar la B en la DBA.
No es la primera vez que la derecha se deja arrebatar la calle. Hace unos meses, un militante de A.N.T.A.U.R.O. representó a los transportistas y comerciantes que marchaban reclamando seguridad, una bandera típicamente de derecha. Pocas demandas tan capitalistas como pedir vivir para poder trabajar. Y, sin embargo, la izquierda radical logró lo impensable: ganarle a la derecha en su propia cancha, copando un paro de choferes y bodegueros —es decir, de capitalistas populares— que piden mano dura.
Hoy, la derecha insiste en el error. Mientras la izquierda vende ideales, la derecha ofrece realismo. Mientras la izquierda lanza promesas radicales, la derecha pide estabilidad. Mientras la zurda pide el paraíso en la tierra, la derecha elige el statu quo. Si la derecha no quiere que la generación Z tenga la Z de zurda, debe ensuciarse los zapatos y tomar las calles. Y, sobre todo, debe agitar la bandera del cambio.
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