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El historiador del deseo

El cuerpo de una mujer fue el origen de mi primera fijación erótica. Aunque no la conocía ni había hablado con ella, podía verla desnuda.

Imagen
Fecha Actualización
Jaime Bayly,La columna Jaime Baylyhttp://goo.gl/jeHNR

Era la mujer que aparecía fotografiada en una revista que me había prestado furtivamente un amigo del colegio.

El hábito de tocarme a escondidas mirando las fotos de esa mujer no estaba exento de culpa, pero el placer vencía a la culpa, prevalecía sobre los temores.

No por desear a una mujer desconocida y sin embargo turbadora me sentía de veras un hombre. Nunca me he sentido completamente un hombre, siempre me ha parecido que soy menos hombre que cualquiera.

No era un niño afectado, no que yo sepa, no recuerdo que nadie me dijera tal cosa. Era delicado, tímido, tal vez ensimismado. No se me daban con facilidad los amigos, desconfiaba de todos.

En el colegio había algunos niños afeminados. No me sentía como ellos, uno de ellos. Los veía con simpatía y curiosidad pero no despertaban en mí algo parecido al deseo. Alguno se me acercó, me propuso juegos que no sabía que existían, preferí declinar temerosamente y alejarme de él. Desde entonces sabía que esas cosas pasaban, pero no me imaginaba haciéndolas, no me tentaba hacerlas.

El primer accidente en mi historia personal del deseo ocurrió, a mi pesar, cuando tenía quince años. Hasta entonces el deseo estaba asociado indesligablemente al cuerpo de una mujer, la mujer de la revista. Circunstancias dictadas por el azar me llevaron a un prostíbulo en los arrabales. De pronto me encontré frente a una mujer desnuda. Nunca había visto a una mujer desnudándose realmente ante mis ojos. No era como la mujer de la revista, esta mujer que me hablaba a dos pasos era fea, vulgar y olía mal. Nada en ella me tentaba, todo me provocaba espanto y repulsión. Lo que ocurrió fue devastador para mí, sentí que no podía ser un hombre, que mi cuerpo se rehusaba a responder como el de un hombre cabal en ese momento inescapable.

Todavía no me he recuperado del todo de aquel fracaso. Lo que soy en el territorio del deseo es algo que se origina en la mujer de la revista y pasa inexorable y tristemente por la mujer del burdel a la que mi cuerpo repudió.

Lo que antes era una certeza había pasado a ser una duda quemante, el abismo que se abría a mis pies. Ya nada volvería a ser lo que era.

Tal vez para espantar esos deseos que ahora me asaltaban y que no nacían de la contemplación del cuerpo de un hombre en particular sino de un ejercicio despiadado por interrogarme a mí mismo, tuve intimidad amorosa con dos o tres mujeres de la universidad. No sé si de veras las amé, creo que no, estaba demasiado tenso para amar a nadie, atento a las reacciones de mi cuerpo, como si fuera un observador, el historiador de mis deseos. Ahora pienso que mi impaciencia por seducirlas era un intento chapucero de afirmar una cosa y negar la otra. Lo que descubrí, sin embargo, no aplacó mi ansiedad ni despejó mis dudas. Todo estaba bien, en apariencia podía operar como un hombre, pero la pregunta seguía en pie, perturbando la calma: ¿no será eso otro lo que de veras me gusta, no será mejor que esto que ya conozco? ¿Cómo puedo saber si soy este tipo de hombre si no me he aventurado a ser ese otro, más arriesgado?

Tampoco fueron del todo placenteras las circunstancias en las que osé probar lo que no se nombraba, lo que el honor y la moral proscribían. Sobre el oscuro e inequívoco placer que me provocaron tales escaramuzas, prevaleció el vértigo de sentirme humillado y repudiar estéticamente esas posturas que me parecían innobles, rebajadas.

Durante años he sido un hombre minado por la duda, roído por la insatisfacción, el que quiere estar al otro lado de la verja, el que desea lo que no posee, el que ama con reticencias, pensando que, si bien esto es bueno, eso otro que estoy perdiéndome es mejor, debería de ser mejor. Cuando me permitía amar a una mujer, pensaba que cumpliría más cabalmente mi destino amando a un hombre. Cuando procuraba amar a un hombre, echaba de menos estar con una mujer. Una cosa y la otra parecían incompletas, me dejaban abatido, contrariado, vacío.

La trayectoria errática e impredecible de mis deseos no ha parecido seguir el instinto de la lujuria sino la curiosidad inquieta del investigador. He querido probar una cosa y la otra, todas las posibles, que nadie me las cuente, sentir que podía decir esto me gusta y esto no me gusta. El resultado, sin embargo, ha sido un tanto descorazonador. No he podido ser una cosa ni la otra, hallar mi identidad en un cuerpo ni en otro, me he sentido siempre un hombre a medias, incompleto, buscando algo huidizo, esquivo.

Cuando ya me había resignado a la idea de que mi condición natural no era la de amar sino la de estar solo, una mujer muy joven me miró a los ojos. Por mirarla y seguir mirándola y negarme a mirar a otro lado, ahora tenemos una hija y no siento que algo imaginario sería mejor que esto que es real y que, teniendo en cuenta mi pasado, no deja de sorprenderme.