“Esa sensación de pérdida me acompañó mucho tiempo. Creía que nadie entendía mi dolor, pues pensaba que solo ella hubiera podido comprenderlo. La gente, con cariño, me decía: “No sufrió nada, qué suerte”. Yo me sentía algo desintegrada, mi cabeza parecía razonar y decir “es verdad”. Sin embargo, me sentía perpleja, con rabia y un inmenso vacío. Frases que en algún momento me habían parecido consoladoras como “el tiempo, bálsamo lento pero seguro es”, ya no tenían sentido para mí”, confiesa la experta en su libro Madres inmortales, hijas mortales: De la completud al duelo (Ediciones Libro Amigo, 2020).